miércoles, 21 de mayo de 2014

Quien fue Abraham Ben Ezra ?


 






Abraham ben Ezra era natural de Tudela, según nos refiere Mosé ben Ezra en su Kitáb al-muhádara wa-l­mudákara en el cual cita como tudelanos a nuestro autor y a Yehuda ha-Levi, con el cual estuvo muy rela­cionado, como veremos. La fecha de su nacimiento parece que fue 1089.
Joven aún abandonó su tierra junto con ha-Levi, trasladándose ambos a Lucena y Córdoba. Parece que incluso hicieron algunos viajes esporádicos los dos al Norte de Africa. Más aún, la leyenda cuenta que Abraham casó con una hija de su amigo ha-Levi, de la cual tuvo cinco hijos, y a los cuales alude en su poema Gobei Sehakim el hadom nikba'u. De ellos, sólo sobrevivió uno, Isaac, que, al parecer, se convirtió al islam. Precisamente este acto produjo un impacto enorme en su padre, de modo que, tal vez, fuera ésta la razón de una cierta crisis espiritual en Abraham que, en todo caso, estaría a la base de su continuo itinerar por los más diversos paises y ciudades. Porque una nota característica de Abraham ben Ezra es su carácter itinerante. más aún que el otro tudelano, amigo y suegro. Yehúda ha-Levi. De tal modo que muchos lo han puesto como prototipo de «judio errante». Este continuo peregrinar se extendió especialmente desde 1140 hasta su muerte. Por lo demás, en lo que respecta a su vida familiar, ya no se sabe nada más.



Lo primero que hizo fue abandonar España y dirigirse a Roma, donde compuso su obra Mózné ha-Lason, Balanza del idioma, sobre la estructura de la lengua hebrea. Tradujo además tres libros de la gramática hebrea de David Hayyuy, del árabe al hebreo. Su interés de entonces y de después por los estudios gramaticales hebráicos estaba motivado por la ignorancia de dicha lengua entre las comunidades europeas, desconocedoras, además, del árabe, lengua en que estaban redactadas las grandes gramáticas hebráicas. Ello explica también, su traducción del gran gramático Hayyuy. Por otro lado, ya hemos visto el alto interés gramatical que existía en el ambiente intelectual zaragozano, ambiente que Ben Ezra pudo respirar desde su niñez. De todo ello es testimonio Yehúda ben Tibbon, que al traducir la gramática del zaragozano por adopción, lbn Yanah, dice en la introducción: «Los judíos de la diáspora, desde Francia hasta la tierra de Edom. no se conocía la lengua árabe, con lo cual no podían aprovecharse de los libros escritos en árabe en España.. Asi, Abraham ben Ezra, vino a sus tierras y les ayudó con pequeños libros que contenían una agradable y preciosa enseñanza».
Pero su estancia en Roma no le satisfizo, pues notó que sus ideas no eran aceptadas er los círculos intelectuales. Así que, como Ibn Gabirol al abandonar Zaragoza, o como ha-Levi al dejar Sevilla, dedica un poema, Nedód hesir óni en que se queja amargamente de las comunidades judias romanas. Hay que notar de paso, que Ben Ezra, nos deja muy pormenorizados en sus obras los lugares que va visitando y las ciudades en que se establece, cosa que otros autores que hemos historiado no hacen con tanta precisión.
En 1145 se traslada a Luces donde escribió algunos comentarios bíblicos (por ejemplo al Pentateuco e Isaías) y dos tratados de gramática, inspirados en el mismo principio práctico de la anterior: Sefer ha-yesód o Fundamentos de gramática (aún no editada} y Sefat yétér o La lengua preferida. En esta última se contiene una defensa de Sa`adía Gaon contra los ataques de su discípulo Dunas ben Labrat.
De Lucca pasa a Mantua, donde compone su Sefer ha-zahut y de allí, a Verona donde escribe el Sefer ha­`ibur, una obra de aritmética, Sefer ha-misparo Libro del número y otra gramática hebrea, Sefer berúrá o lenguaje puro.
En 1147 abandona Italia y visita Provenza, concretamente Narbona y Beziers, para pasar luego al norte de Francia (Rouen y Dreux). Yehadia ha-Peniní Bedersi, que vivió unos ciento cincuenta anos después en Beziers, aún recuerda la estela de gratos recuerdos que dejó Ben Ezra en el breve tiempo que estuvo allí: «los sabios de aquella región, los hombres piadosos y los rabinos, tuvieron una gran alegria cuando ibn Ezra pasó por sus comunidades. El empezó a abrir los ojos en nuestras regiones y escribió para nuestras gentes el comentario al Pentateuco y a los profetas».
En Francia compuso varios comentarios bíblicos, al Pentateuco, como se recogía en la cita anterior, al libro de Dariel, a los Salmos, a Ester y al Cantar de los Cantares. Además escribió sus dos obras matemáticas, una sobre el número, Yesód ha-mispar y otra titulada Sefer ha-'ehad, Libro del uno en que se habla de la unidad y de las características de los diez primeros números. 
Por otro lado, también fue en Francia donde compuso sus obras astrológicas: Mispetei ha-mazzalot, Sefer ha-móladót (ambas sin publicar), Resit hokmá, Sefer ha­te'anim, Sefer ha-mibarim, Sefer ha-meórot y Sefer ha o1am. Otras obras de astronomía y astrología son: Keli ha-nehoset, Instrumento de cobre, acerca del astrolabio, Sefer ha-móldót, Libro del nacimiento y Sefer ha-góralór, Libro del destino, en los cuales da las normas para adivinar la suerte de cada uno según la marcha de los astros, De la misma inspiración es su Sefer 'istagninút, o Libro de astrología.
En 1158 se traslada a Londres. donde escribe Yesod mórá, Fundamento de la reverencia e Iggeret shabbat, y en 1161 vuelve a Narbona. Parece que, al fin ce su vida, según es leyenda, fue a Tierra Santa, Murió, no se sabe exactamente dónde, en 1164 ó 1167.
Abraham ben Ezra fue un hombre bueno, austero, alegre en su probreza, que no dudaba en rechazar la ayuda de los demás mientras que él se volcaba en los que tenía alrededor. Yósef Salomon Delmedigo, en su Miktab ahuz expresa así la admiración que por Ben Ezra sentían las generaciones posteriores: «Era un hombre que durante todos los días de su vida, viajó por todo el mundo, desde la extremidad del mar occidental hasta Lucca y Egipto, Etiopía y Elam. No tenía dinero, ni aun unos pocos céntimos, pues los despreció toda su vida. Sólo tenía la ropa que llevaba puesta y en su equipaje sólo llevaba el astrolabio, un corazón valiente y el espíritu de Dios dentro de él».
Vasto polígrafo, se cuenta que escribió 108 obras, de las que nos quedan muy pocas, parte de las cuales, aún están en manuscrito sin ver la luz pública. Aparte de sus tratados gramaticales, matemáticos, filosóficos y de exégesis, compuso abundante poesia, dispersa por todos sus ibros, recogida en un Divan sucesivamente por Jacob Egers (1886), David Rosin (1884-1894), David Kahan (1894) y Brody (1945). Pero su obra poética más importante es Hai ben mekiz, poema en prosa que tiene la particularidad para la filosofia de que está inspirado en la historia deAvicena Hayy ibn Yaqzan. 
Curiosamente la historía de este solitario será retomada también por el musulmán lbn Tufayl, admirador del zaragozano Avempace, y que en su obra El filósofo autodidacto (cuyo protagonista ese el mismo Hayy ibn Yaqzan) quiere continuar en la dirección aviceniana la mística alfarabiana que había iniciado Avempace. Ben Ezra, por su parte, sigue las huellas poéticas y temáticas de Ibn Gabirol en su obra, haciendo que su protagonista Hai ben Mekiz, simbolice a la razón que pretende penetrar los misterios de la creación por medio de la filosofía.
Por los títulos de Abraham ben Ezra, puede verse que su producción, salvo la escrita en latin, está compuesta en hebreo, a diferencia de sus otros correligionarios que escribieron en árabe fundamentalmente. Este hecho es de una importancia extraordinaria puesto que ello supone que Abraham ben Ezra adopta la actitud de renovador cientifico ante dos tipos de comunidades bien diferentes fuera de España, la judaica y la cristiana. Era el momento en que empezaban a aparecer masivamente en el occidente cristiano las obras científicas y filosóficas árabes de la España musulmana y en esta labor transmisora figuran tres personajes vinculados a Zaragoza como son el propio Ben Ezra. Abraham bar Hiyya y Moshé Sefardí (Pedro Alfonso). Antes habían existido transmisiones científicas desde el monasterio de Ripoll.especialmente, pero de modo anónimo y esporádico. Ahora es el momento de que la tarea se aborde en su totalidad y de forma sistemática. 
De ello se hablará poco después cuando tratemos de Moshé Sefardí, el único cristiano, judío converso, que desde Zaragoza se enfrenta a esta empresa. Los otros son de la comunidad judia: Ben Ezra y Bar Hiyya. Ben Ezra, por su parte, conocía el latín y compuso diversas obras científicas en esta lengua., dirigidas a los cristianos europeos. Así, por ejemplo, el Libro de los fundamentos de las tablas astronómicas. Fundamenta tabularum, compuesta alrededor de 1154 en el norte de Francia. Poco después, en 1160 escribe también en latin, en Inglaterra, un libro sobre el astrolabio. Parece que también compuso en latín un libro sobre el almanaque. Pero incluso las otras hechas en hebreo y de contenido científico, fueron pronto traducidas al latín y al francés como ocurrió con el Resit hokmá. obra astrológica que fue vertida del hebreo al Francés en 1273 por el judío Hagin, en Malinas, de cuya versión se hizo luego la latina.
En cuanto a sus obras científicas, filosóficas y exegéticas en hebreo hay que decir que Ben Ezra, fuera de España, tenía ante si comunidades judías que ignoraban por un lado al árabe en que iba vertida la gran ciencia y pensamiento hispánicos del momento. Por otro, empe­zaban a desconocer el propio hebreo en favor de las lenguas propias de los países en que estaban inscritas las comunidades. Ben Ezra, ante tal situación, mantuvo. por un lado, su ideal de transmisión de la cultura árabe española (como hacía con los cristianos) y, por otro, su esfuerzo por renovar lo más propio del judaísmo: su lengua hebrea. En este sentido, bar Hiyya, ha-Levi y Ben Ezra, comparten también idénticos ideales.
En cuanto a su pensamiento filosófico, Abraham ben Ezra no tiene un tratado específicamente dedicado a él. Hay que entresacarlo del conjunto de su producción exegética, gramatical y cientfica. Por otra parte, en su obra aparecen no pocos inconvenientes para poder estractar su sistema de pensamiento. Por un lado, si bien sigue un estricto método gramatical y filológico en sus cormentarios a la Biblia, sin embargo, como buen hijo de su tiempo, se pierde también en las interpretaciones alegóricas y simbólicas. Cualquier acontecimiento de la Sagrada Escritura tiene para Ben Ezra un sentido oculto, secreto, simbólico, que oscurece la línea de su pensamiento. En este sentido, siguiendo las huellas de Filón de Alejandría, del Sefer Yesira, de la Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza y del neopitagorismo, atribuye significados y fuerzas ocultas a los números y letras que son como las claves de la creación. Por otra parte, el estilo mismo de Abraham ben Ezra es muchas veces críptico, oscuro y ello de una manera deliberada. Tal vez se debiese a que no quería adoptar una posición claramente exotérica ante las comunidades europeas a que se dirigía, en atención a la incultura, muchas veces profunda, que reinaba en ellas, prefería expresarse de modo solo sugerente y para minorias a fin de no exponerse a malos entendidos por parte del público general.
Aparte de los influjos que se acaban de citar, Abraham ben Ezra acusa una clara impronta de Ibn Gabirol. No cita concretamente la Fuente de la vida, pero, sin embargo, alude muy frecuentemente a su autor, aparte de notarse su clara influencia. Por ejemplo, sigue al pie de la letra el principio gabiroliano de la composción hilemórfica universal, en su doble vertiente gnoseológica y ontológica: todo, excepto Dios, está compuesto de materia y de forma, o lo que es lo mismo, de sujeto y predicados. Esta es la clave de la distinción entre los dos niveles de la realidad: la mundana y la divina.
En efecto, Dios es absolutamente uno y simple. No tiene composición alguna de substanca y accidentes, o de sujeto y predicados. Es la absoluta unidad que, por una parte, está fuera de toda numeración, a la vez que contiene a todo número. Está fuera de todo número porque la unidad de Dios no se extrae de una multiplicidad (no hay más que un sólo Dios) y porque al ser la unidad radical, funda y comienza cualquier tipo de numeración. Pero a la vez, es todo número porque la unidad primaria contiene en si cualquier numeración y numerabilidad que se funde en ella y que de ella proceda. Sin la unidad no habría número posible. Por todo ello, el símbolo más adecuado de Dios es la unidad. Son los mismos argumentos empleados por Ibn Paquda.





 

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