lunes, 14 de julio de 2014

Los Decanos y las Faces. Por Rafael Gil Brand.










Los decanos y las faces

 

En cierto modo los decanos, decanatos o faces son la dignidad más misteriosa de la astrología helenística. Los textos griegos hablan casi siempre de faces (prosopa), término cuyo sentido explicaré en seguida. Según el sistema clásico, se divide cada signo en tres sectores de diez grados, llamados decanatos, de modo que obtemenos en total 36 sectores. Los regentes planetarios de estos decanatos o faces se reparten siguiendo la secuencia caldea – es decir, la secuencia según la velocidad media de los planetas -  empezando por la faz de Marte en el primer decanato de Aries.


Dignidades_fig_7


Cada secuencia de planetas termina con la Luna, el planeta más rápido, para luego dar comienzo la siguiente a partir de Saturno. El último decanato de Piscis es la faz de Marte, de modo que a ambos lados de 0°Aries se repite Marte como regente.
El origen de las faces parece ser egipcio, porque ya en el tercer milenio antes de Cristo encontramos referencias a un sistema de decanatos o decanos. Según supone Neugebauer, en su origen se trataba de un sistema sidéreo que servía para marcar grupos de diez días, según qué estrellas hacían su orto helíaco. El año egipcio comenzaba con el orto helíaco de Sirio, de modo que el primer decanato, en el tercer milenio, transcurría al final de la primavera. Al cabo de 36 decanatos de diez días, los egipcios contarían 5 días epagómenos (para completar los 365 días del año egipcio).
Tenemos pues un sistema que en un principio podría haber sido calendárico, aunque al mismo tiempo haría referencia a las estrellas. La conversión a 36 sectores de la eclíptica debió de realizarse desde luego más tarde.
Ahora bien, no debemos descartar la teoría que postula Cyril Fagan en “Los orígenes astrológicos”, con argumentos bastante convincentes: la relación de “decanatos” que se encuentra en diagramas celestes en tumbas egipcias del segundo milenio, serían en realidad péntadas asociadas con la mitad “positiva” del año, y convertidas “mágicamente” en decanatos de un año idealizado de 360 días. Las restantes 36 péntadas portadoras de dolor para los muertos se habrían eliminado del diagrama. Es decir, los decanatos habrían sido en su origen un esquema idealizado representativo del mundo divino, y por otro lado reflejarían solo la mitad de una secuencia de 72 péntadas del mundo real. De hecho, se sabe que los egipcios hacían uso de una semana de cinco días.
En el “Discurso de Hermes a Tat” del Corpus Hermeticum (siglo II a IV d.C.) encontramos una doctrina de origen egipcio, según la cual los decanos “influyen sobre los astros”, siendo “impasibles en todo lo que afecta a los demás astros”. Son “centinelas de todo lo que hay en el cosmos, influyendo sobre todas las cosas…”. Antes describe el texto que “los 36 decanos están ordenadamente dispuestos debajo del círculo de este cuerpo (que abarca todas las cosas), es decir, entre el círculo del Todo y el del Zodiaco”. Esta descripción un tanto enigmática podría aludir a una novena esfera (en donde se ubicaría más tarde el zodiaco tropical) por encima de la esfera sideral del Zodiaco y las demás estrellas. Entonces la transposición al zodiaco sidéreo no correspondería a la idea original. En cualquier caso los decanos tienen aquí la función de guardianes del Universo, que se van alternando en el transcurso del día y del año, y de los que procede la energía que produce todos los acontecimientos universales.
Estos decanos, aunque se asociaran más tarde a los siete planetas, se identificaban en principio con 36 deidades o genios que custodian el devenir de los acontecimientos. De hecho, la palabra latina decano, que aparece por primera vez en Manilio, alude a alguien que preside a diez soldados o a diez monjes. Tres o cuatro siglos más tarde, la versión latina del Liber Hermetis (cuya redacción original podría ser incluso anterior a nuestra era) comienza precisamente con la descripción de los decanos.
La descripción del Liber Hermetis sugiere que los siete planetas forman la máscara o faz de los antiguos genios decanos. La descipción de cada uno comienza con la misma fórmula que el primero de la serie: “el primer decano de Aries tiene la faz de Marte”, para continuar con el nombre del decano, la dominación sobre un órgano del cuerpo, y la descripción de la figura. Estas figuras tienen claramente su origen en deidades egipcias, siendo la mayoría cuerpos humanos con cabeza animal, algunas de ellas coronadas o portando otras insignias de poder. Terminan las descripciones del Liber Hermetis con la región del mundo dominada por el decano.
La palabra griega prosopa para “faz” significa rostro, o bien alude a la máscara que representa al personaje de una obra teatral. En cualquier caso vemos aquí expresada la idea de que los planetas forman el rostro o máscara con que se presentan – o detrás de los cuales se esconden – los verdaderos decanos. Cabe especular hasta qué punto estas faces planetarias realmente traducen o más bien velan el significado original.
Que los decanos y sus figuras se refieren más bien a noúmenos que a fenómenos astrales, nos lo confirma por cierto Albumasar, que los describe – en perfecta concordancia con las doctrinas herméticas – como puras potencias astrales no visibles en el cielo y de carácter espiritual.
Por otro lado muchas de las figuras descritas por el Liber Hermetis y otras fuentes, claramente se orientan en constelaciones del cielo. Encontramos p.e. a Isis rigiendo el último decanato de Géminis, clara alusión a Sirio, varias figuras serpentiformes repartidas por Leo y Virgo, que se explican por la constelación de la Hydra, al decano central de Escorpio representando claramente a Ofiucho, y la figura con cabeza de perro y flechas el principio de Sagitario se corresponde muy bien con las antiguas representaciones de este signo. Estas constelaciones a su vez parecen pertenecer más bien a la zona del ecuador celeste, lo cual apunta a que el sistema original posiblemente se refiriera a una división del ecuador celeste.
Otra prueba de que los decanos en su origen estaban relacionados con genios o potencias divinas es el hecho de que en la tradición posterior sobreviven sobre todo en el ámbito de la magia astral. Así, las figuras decánicas se utilizaban para confeccionar amuletos.
Ptolomeo por cierto no menciona para nada los decanos o faces, quedándose solo con las cuatro dignidades restantes. Este hecho tal vez haya contribuido a que las faces se consideraran como la dignidad de menor valor en la astrología árabe y europea. Tampoco encontramos descripción alguna de las faces en los autores anteriores Vettius Valens y Doroteo de Sidón, aunque sí en Manilio. Valens las menciona, pero solo de pasada. No deja de ser curioso que es más bien en autores de los últimos siglos de la era romana que encontramos referencia más profusa a las faces.
La descripción más detallada de los decanatos para la interpretación del tema natal nos la suministra Hefesto de Tebas (siglo IV d.C.), incluyéndola en los capítulos sobre los signos zodiacales. El mismo esquema lo encontramos más tarde en Abraham ben Ezra (siglo XII), que reproduce en parte las indicaciones de Hefesto. Es curioso que Hefesto – que habla de decanos, no de faces – no menciona los regentes planetarios, sino que únicamente cita los nombres mágicos de los decanos (similares a los del Liber Hermetis), pero sin describir las correspondientes figuras.
Hefesto de Tebas (como ben Ezra) nos describe aquí los efectos de los decanos cuando se hallan “marcando la hora”, es decir en el Ascendente, aunque este término también se usaba para el signo de la Parte de la Fortuna. Esta parece ser la función prioritaria de las faces, el influir en el carácter y sobre todo en el destino del individuo, a través del Ascendente o de Fortuna. Hefesto también nos describe ciertas características de la fisionomía del nativo, y marcas características en su cuerpo, otra constante en la tradición de esta peculiar dignidad planetaria. Tal vez uno de los significados del término “faz” tenga que ver con que describan especialmente el rostro y otros signos distintivos del nativo. Si tenemos en cuenta que es en el rostro de un individuo donde mejor se refleja su idiosincrasia, tal vez nos esté dando una de las claves para entender las faces.
A pesar de esta función prioritaria, no cabe duda de que los autores griegos tenían en cuenta las faces como lugares en que se refuerza su regente. Así, Paulus nos introduce en las faces con las palabras: “En lo que respecta a las faces de los siete astros de la formación (en el sentido de dar forma a algo) decánica por signo, en las cuales se regocijan tal como lo hacen en sus propios domicilios…”. Esto sugiere que las faces son una dignidad fuerte para los planetas. Pero no olvidemos que los antiguos no diferenciaban entre dignidades más fuertes y más débiles.
También encontramos interpretaciones de los planetas en los decanatos, pero no se trata de interpretaciones específicas para éstos, sino más bien de combinaciones según la fórmula: “si tal planeta se encuentra en el signo, término o faz de tal otro, tendrá tales efectos”. De nuevo, las faces se usan aquí de modo similar a los signos o términos.
La única noticia que tenemos de una interpretación específica de los planetas en los decanatos, proviene de Teucro de Babilonia. El texto comienza explicando qué determinaciones recibe cada planeta, para luego interpretar las posiciones en los decanos (como dice). De nuevo, más que descripciones de carácter se trata sobre todo del destino que acaecerá respecto a las mencionadas determinaciones planetarias.
En definitiva, el uso astrológico de las faces es similar al de los signos y los términos, pero con un matiz especial de destino o fatalidad.  Asume un papel especial la faz del ascendente y de la Parte de Fortuna como indicador del destino, y particularmente del ascendente como indicador de la fisionomía y de ciertas dolencias del nativo. Más allá de esto, el regente de la faz no parece tener una función técnica especial, como la tienen los regentes de las demás dignidades que hemos visto.
Con todo, resulta difícil aplicar el conocimiento que nos transmiten los antiguos sobre las faces. Da la impresión de estar tratando con un conocimiento muy antiguo, que en su día tuvo mucha importancia, pero que nos ha llegado muy adulterado, después de haber sufrido diversas transformaciones – una de ellas su asociación con los siete planetas según la secuencia caldea.
Según mi experiencia, las descripciones que dan los textos clásicos para las faces, no se corresponden bien con la realidad. Siempre encontraremos concordancias, pero en general resultan poco fiables, tanto si aplicamos el zodiaco sidéreo como el tropical. Desde luego es un campo a explorar más detenidamente.



 http://www.astrologia-tradicional.net/la-funcion-de-las-dignidades-en-la-astrologia-helenistica/