lunes, 5 de enero de 2015

Astrología y Educación. Por Alejandro Fau.






Astrología y Educación: Un Contacto del Tercer Tipo.

Por Alejandro Fau.
Tomado de www.astropampa.com

"Muchos creen que para ser astrólogo/a solo hace falta hacer un simple curso o seminario que varía desde apenas un par de fines de semana intensivos, a unos cuatro o, cuanto mucho, cinco años, y que, además, cualquiera podría hacerlo. Quizá lo único medianamente cierto sea esto último, pues sí, sin importar su edad, raza, sexo, religión o bandería, cualquiera puede intentarlo, cualquiera que logre incorporar e integrar el suficiente conocimiento, claro. Porque más cierto aún, es que no cualquiera puede llegar a lograrlo".

""La más alta función de la ecología consiste en la comprensión de las consecuencias, no se trata de juzgar lo que está bien o mal en términos de moral. Quién no pueda ver lo necesario de la muerte, aún si esta es cruel, en la sustentabilidad de un sistema, jamás comprenderá la vida."
Riana Ben Aynes (1932-2003) Bióloga/Economista"


Solo desde algún lugar podría aventurar que con la suficiente aplicación y esfuerzo es posible ser lo suficientemente diestro en astrología tras estudiarla durante, digamos, unos cinco o seis años; desde el lugar de contar con un bagaje previo lo suficientemente profundo de conocimientos sobre otras muchas y diversas materias. Supongo yo que nadie cree que pueda obtener un título universitario sin haber pasado previamente por la escuela primaria primero y por la secundaria después, y que si a lo que aspira es a obtener un título en una carrera verdaderamente compleja su dedicación, aplicación y calificaciones previas han de ser verdaderamente muy altas. A mayor complejidad de la temática, mayores son los requisitos necesarios para abordarla. Pretender un doctorado en física de partículas o en astrofísica, por ejemplo, sin saber lo suficiente sobre matemáticas es, sin lugar a dudas, una fantasía por lo demás absurda. Aún así, hay quienes creen que habiendo obtenido pobres o mediocres calificaciones durante sus estudios básicos previos podrán ser ya buenos astrólogos tras estar en ello apenas durante un par de años. Lo he visto con mis propios ojos, no es algo que me contaran o que yo me imagine. La mayor parte de las personas que se embarcan a estudiar astrología sufren una gran crisis aproximadamente al concluir sus primeros dos años de estudios intensivos, pues descubren que en verdad aún no saben absolutamente nada sobre lo que ellos quisieran. Si bien pueden intercambiar y comunicarse de manera más o menos fluida con los astrólogos, aún no llegan a comprender la mayoría de las respuestas que reciben si es que les brindan éstos alguna explicación más allá del remanido sonsonete: “No te preocupes por eso, llegará el momento en que la respuesta te resultará tan obvia que ni siquiera se te ocurrirá preguntarlo”, y quizá también acompañado de algunas mal contenidas carcajadas. No te exagero en nada. Imagínate que naufragas y llegas a una isla en donde habita una cultura totalmente desconocida, que habla en un lenguaje por completo diferente a cualquiera que conozcas y en donde las más básicas leyes naturales que tú das por sentadas sean totalmente distintas de lo que crees. ¿Se te ocurriría que puedes tener una discusión profunda con algún nativo sobre literatura filosófica local apenas conociendo lo más rudimentario de su lenguaje? No creo. Bueno, lo que aquí sucede se parece, y mucho, a eso.
No me cansaré nunca de decirlo. Cuando vemos la vida y obra de aquellos que han sido catalogados como las personalidades señeras de la astrología a lo largo de la historia, descubrimos que éstas no aparecen señaladas simplemente como “Astrólogos” sino, además, también como: Filósofos, Astrónomos, Matemáticos, Historiadores, Alquimistas, etc., etc., etc., en las épocas más recientes, o simplemente como los Sabios consejeros de reyes o príncipes, antigua categoría que engloba todo lo anterior, si es que se trata de personajes de la más remota antigüedad. Esta enumeración no es para nada caprichosa o con ánimos de engrandecer sus figuras, sino algo completamente cierto. Pues se debe ser versado en múltiples temáticas para ejercer cabalmente con dicha función. No quiero decir tanto que primero se deba ser un compulsivo estudioso de diferentes materias antes de estudiarla, como que la Astrología impulsa por sí misma el que deba uno dedicarse a estudiar en profundidad muchas otras cosas para comprenderla más acabadamente, pues nada amplía más nuestras perspectivas y mirada que su serio estudio. Actualmente, en este mundo tan plagado de cada vez más refinados especialistas en que vivimos, realmente pocos tienen la oportunidad de diversificar tanto sus intereses académicos si es que quieren sobrevivir al mercado laboral. Verdaderamente, el enfocarnos más precisamente en la minuciosidad con que miramos el árbol nos ha ido anulando la capacidad de poder ver el bosque. Es así que no logramos ver el pavoroso incendio forestal que está a punto de arrasarnos, salvo cuando es ya quizá demasiado tarde. En términos astrológicos nos referimos a ésto como “La Gran Paradoja Júpiter-Mercurio”, la importancia que damos al absurdo y compulsivo engrandecimiento del conocimiento de lo nimio. Conscientemente, como sociedad, nos enfocamos demasiado en la formación de expertos sobre cada vez más pequeñas “partes”, pero desatendemos cada vez más y más la necesidad de formar algún experto que pueda integrarlas en un “Todo”. Pero ese es nuestro problema, y varias veces lo hemos señalado desde aquí, producto del llevar al extremo el desarrollo del ego (la parte) perdiendo de vista la consciencia de la integridad del Ser (el Todo). Por suerte la naturaleza no nos hace caso y actúa siempre por sí misma sin importar qué opinemos al respecto. Será por eso que la vida siempre prevalece más allá del deseo u opinión de sus circunstanciales usuarios.
Hace mucho, mucho tiempo, y en verdad mucho, los seres humanos no nos diferenciábamos en gran cosa de los otros mamíferos. Me refiero al tiempo en que eramos, según nuestra concepción actual de las cosas, simplemente inferiores seres animales. Por aquella época poseíamos una cualidad que con el tiempo hemos ido atenuando, adormeciendo hasta casi olvidarla, que se conoce como “cuerpo de manada”. Se trata de algo así como un cuerpo social inconsciente compartido por todos los integrantes de un grupo. Es algo que se ha estudiado muy seriamente y que podemos ver, por ejemplo, en el comportamiento colectivo de las gacelas, las cebras y otros grandes o pequeños grupos de animales. Habrán visto ustedes algún documental sobre las grandes migraciones de estos grupos en, por ejemplo, la gran sabana africana mientras se desplazan en busca de pastura. Cuando estos grandes grupos se encuentran pastando, solo algunos pocos individuos, los que se van rotando alternativamente entre los integrantes del grupo, permanecen alertas a la aparición de algún depredador u otro peligro mientras el resto come de manera despreocupada o se ocupa de otros menesteres como amamantar a las crías o de jugar entre sí. Cuando algún peligro acecha o aparece el predador en el campo de visión de uno de los vigilantes, instantáneamente todos lo notan y actúan en consecuencia como si fuesen un solo organismo. Saben dónde está el peligro y hacia dónde hay que correr, si es que hace falta hacerlo, y se mueven sin atropellarse entre sí de un modo perfectamente sincronizado y a un mismo tiempo. Algo similar sucede con las bandadas de aves en pleno vuelo, con los cardúmenes de peces en mar abierto, e incluso con muchas colonias de insectos. Pero no solo con fines defensivos o migratorios sucede ésto. La coordinación que se da entre los lobos y otros conjuntos de predadores cuando cazan grandes presas es muy similar. Cuando se agrupan, el conjunto de los “individuos” se comportan como un solo organismo y con mayor poderío en todo aspecto que la mera suma de las partes. Nosotros, no eramos la excepción por ese entonces a ésta regla. Fue bastante tiempo después que nos convertimos en verdaderos “anormales”, y nos transformamos en lo que pomposamente hoy denominamos como “sapiens”, solo para evitar la vergüenza y el horror que nos produce la palabra “monstruos” para referirnos a nosotros mismos.
En los ambientes pluriacadémicos de los astrólogos de hoy en día, cada vez cobra más fuerza la idea de que el próximo salto evolutivo en la conciencia humana, habida cuenta de la temática instalada en las últimas décadas sobre la llegada inminente de la tan mentada Era de Acuario, será la segura aparición efectiva de un verdadero “Consciente Colectivo”. Este concepto implica, en lo práctico, muchas cosas. Se trataría de la conformación de una supra-consciencia a la que puedan acceder las consciencias individuales sin dejar de estar discriminadas, y a la que en otros artículos nos hemos referido aquí a ella como la “Consciencia Global”, aprovechando las ventajas de un verdadero pensamiento en red. Así como constituyó un ensayo evolutivo el salto a la Auto-consciencia por parte de los individuos de una misma especie, la nuestra, y de ser ésto considerado evolutivamente exitoso por la naturaleza, es de prever que el próximo salto sería hacia un tipo de auto-consciencia grupal. Quizá inicialmente se de en grupos acotados por alguna clase de filiación biológica, emocional, de igualdad de frecuencia cerebral, o, tal vez, por simple proximidad, no lo sabemos; pero sin dudas luego se iría extendiendo para abarcar conjuntos más y más amplios de individuos y a mayores distancias hasta abarcarlos a todos, y quizá... ¿¡A todo!? Tal vez. Aunque para que algo de ello suceda efectivamente debamos esperar cuanto menos hasta la próxima Era de Leo, unos trece o catorce mil años, más o menos, si es que en verdad logramos avanzar lo suficientemente rápido, o quizá hasta la otra, o la otra ¿quién sabe? No olvidemos que nos llevó cientos de millones de años pasar de ser reptiles a ser mamíferos, y otro tanto para ser auto-conscientes de manera individual. Pero mejor volvamos al ahora y evaluemos más seriamente nuestras esperanzas, aunque estas sean una cuasi segura fantasía. Según los expertos realmente nos ha llevado muy poco tiempo, históricamente hablando, desarrollar nuestra ortopédica tecnología computacional para pasar de una eficiente computación de datos alfanuméricos en un procesador individual, a la computación en multiprocesadores primero, y a las capacidades del “could computing” (computación en la nube) de la actualidad. Eso debiera decirnos algo ¿no?. ¿Qué nos impide entonces el hacerlo por nosotros mismos? ¿Creencias, prejuicios, desidia? ¿Una elección inconsciente? ¿Una acción coercitiva externa a nuestra voluntad, un complot de las fuerzas del mal? ¿Simple falta de confianza en nosotros mismos? ¿Insuficiente desarrollo de nuestra consciencia? Sí, quizá sea achacable a alguna, o a una combinación de más de una, o de todas ellas, o a otra cosa que no acertamos siquiera a imaginar. Lo cierto es que esta supuesta capacidad latente va ganando cada vez más presencia en los argumentos de los telefilmes pasatistas para adolescentes y en la literatura de ficción de las últimas décadas, y cada vez se nos aparece menos como una locura en el cotidiano devenir y tanto editores y productores hacen pingues negocios gracias a ello. Aún así es algo bastante absurdo el creer en ello como algo que pueda suceder de un modo inminente, y veamos el por qué.
Si lo anterior sucediera masivamente de un día para el otro y todo el mundo pudiera “oír” en su cabeza a todo el mundo sería una catástrofe. La mayor parte de la población del mundo sufriría de un ataque de locura o, producto del susto, sufriría un infarto cardíaco cuando menos y sería un verdadero desastre a nivel vital y biológico para la especie. Pero si por ventura hubiera supervivientes de un modo mayoritario, no sería ello mucho mejor, no, no, no, qué va!.. nuestro complejo sistema económico y cultural colapsaría de todos modos. Serían totalmente inútiles, por ejemplo, nuestros sistemas de comunicaciones. El negocio telefónico se vendría abajo, la radio y la televisión se vendrían abajo, la internet se vendría abajo, el negocio publicitario se vendría abajo, los sistemas de seguridad, las policías, los ejércitos y los sistemas de gobierno y de justicia seculares y eclesiásticos tal cual los concebimos ahora, se vendrían abajo. La sociedad tal cual la conocemos se vendría abajo por completo e imperaría el caos. Pero supongamos aún que por gracia de nuestra proverbial tozudez o desconcierto sobrevivimos a ello, aún así viviríamos en un mundo aquejado por el masivo desempleo. Todos aquellos que tuvieran ocupaciones no productivas, ya sean industriales, de transporte o alimentarias, se quedarían sin empleo. Los maestros de cualquier tipo, los psicólogos, los libreros, bibliotecarios, impresores, secretarias, técnicos, médicos, etc., etc., etc., no tendrían razón de ser porque cualquiera podría adquirir conocimientos de un modo verdadero y sin fallas cuando los necesitase. Cualquier cosa que alguien aprendiera alguna vez sería accesible al conjunto sin importar en dónde se encuentre, y el resultado obtenido en satisfacer la coyuntural necesidad solo variaría por las diferentes aptitudes físicas de quien sea que realice la tarea. El cambio en el modo de vida sería tan brutal que nuestro sistema psíquico colapsaría de igual modo, literalmente se nos “quemaría” la cabeza y no podríamos de ninguna manera adaptarnos a ello fácilmente sino hasta pasadas muchas, pero muchas generaciones (si es que sobrevivimos y no nos morimos antes de depresión, aburrimiento o tristeza, claro). No, no, eso no tiene ninguna posibilidad de suceder y es solo una catastrófica ficción, así que tranquilícense. Solo sería factible si, y solo sí, aquello sucediese de un modo progresivo y a una velocidad adecuada. Porque si los niños y niñas índigo, cristal o como quieran llamarlos, que naciesen a partir de ahora trajeran esa cualidad y ella se fuera desplegando de modo progresivo podríamos adaptarnos, dirán algunos padres jóvenes esperanzados en satisfacer sus alicaídos egos, pues no sería ya tan brutalmente traumático ¿no? Sí, sí, aún así, nuestra sociedad y cultura se revolucionaría tan radicalmente que en apenas veinte o treinta años sería totalmente irreconocible si es que puede sobrevivir al veloz caos en que de todos modos caería, así que esa opción tampoco es muy viable que digamos. Pero si solo una pequeña porción de los nacimientos lo hace, ahí sí que sería enteramente posible; habría pues una transición comparable al paso del Neardhental al Cromagnon. Coexistirían ambas especies por un tiempo hasta la completa extinción de la más vieja, digamos, unos diez o quince mil años después. Sí, quizá este sea el camino evolutivo más probable. De todos modos no creo que eso de ningún modo se inicie en las áreas urbanas o de alta concentración poblacional, por razones más que evidentes como ya expliqué. Lamento, pues, decirles que nosotros a ese mundo nuevo no tendremos ninguna posibilidad de verlo, así que tendremos que conformarnos con que la próxima Era de Acuario sea mucho, pero mucho más pedestre de lo que quisiéramos.


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