jueves, 30 de abril de 2015

El Renacimiento de la Astrología Helenística. Por Jerónimo Brignone.


 



EL RENACIMIENTO DE LA ASTROLOGIA HELENISTICA 
 por Jerónimo Brignone

Trascripción de la conferencia dictada en el Centro Cultural del Teatro General San Martín el 11 de septiembre 2007 en el ciclo organizado por “Cariátide, Asociación Argentina de Cultura Helénica” en su XXIX año de actividad cultural. La misma fue dictada luego en una versión más reducida en la Universidad de Buenos Aires en el Hospital de Clínicas el 25 de agosto de 2011.

La forma que he elegido para desarrollar esta disertación es la de intentar relevar los elementos que componen su título. Vamos a hablar de estas tres palabras: “Renacimiento, Astrología y Helenística”. La primera y la tercera están relacionadas a las actividades en general de Cariátide, no así lo de “Astrología” que es algo más inusual, pero algo que caracteriza las conferencias de Cariátide es que las temáticas que se desarrollan son (y lo puedo decir con total tranquilidad y convicción) bastante inusuales y generalmente tratadas desde un alto nivel de especialización por parte de quienes las abordan.

Renacimiento… Cuando lo decimos se nos cruzan muchas cosas, muchas imágenes, muchas asociaciones. Hay una primera asociación que es la puramente semántica: el re-nacer, algo que vuelve a nacer, pero cuando decimos el renacimiento estamos pensando en un Renacimiento, con la erre mayúscula, es decir, un período en la historia de la humanidad y en la historia del arte que solemos asociar con tales o cuales estilos, pintores, escultores, autores, música, imágenes de ciertos reyes muy característicos de la época, pero… ¿por qué se llama así? ¿Por qué Re-nacimiento?

El Renacimiento tomó ese nombre porque un grupo de intelectuales de ese momento decidieron nombrar así la época en la cual estaban viviendo, dado el enorme entusiasmo y la noción identitaria que en ese momento estaba siendo recuperado para Occidente, algo que podríamos llamar con derecho un valor que para ellos era cardinal: la cultura de los antiguos, la cultura clásica, la cultura grecorromana.

Así, ante este Re-nacimiento de la cultura grecorromana, tal como ellos la percibían y que habían sentido de alguna manera ocultada o puesta en sordina u oscurecida durante siglos en Occidente, en esta periodización llamaron a su época actual Renacimiento, a la época que a ellos les interesaba, Época Antigua, y después restaba la época intermedia, con la cual tenían poca afinidad (dado que todo movimiento político-cultural generalmente es una reacción natural a lo inmediatamente precedente), la llamaron a Edad Media, los pobres siglos - muchos, nada menos que diez previos-. De por sí es casi una descalificación total, nombrarla como lo que está en el medio de lo que importa: “los antiguos importan, después hubo una época en el medio…un poco oscura… y ahora renace su saber”. Ésta es la postura del Renacimiento. Renacen aquellos valores de la cultura greco romana que serían los del autodenominado Renacimiento, lo que por supuesto marca una serie de cambios. Habría que ver además desde cuándo decimos “Renacimiento”: a veces se usan fechas como las que estudiamos en el colegio, más o menos con el descubrimiento de América o la caída de Constantinopla en el siglo XV pero, por supuesto, el proceso comienza realmente antes si se piensa en términos culturales, dependiendo de la perspectiva con que lo tomemos.

Lo interesante es que ha habido muchos pensadores que opinaron -y yo estoy de acuerdo- que de hecho en Occidente hubo “muchos Renacimientos” con mayúsculas, si pensamos como Renacimiento a un recupero de la cultura clásica grecolatina. Un primer claro “Renacimiento” fue muy previo al que asociamos a ciertos pintores y escultores prototípicos y a aquellos que se autodenominaron renacentistas. Este “re-nacimiento” se dio en el siglo XII y XIII. Cuando cae el Imperio Romano en poder de los así llamados “bárbaros” por los grecolatinos -más específicamente los germanos- y empieza a haber una disolución de buena parte del acervo, los ideales y los valores principales de la cultura clásica grecolatina, se instaura aquello que conocemos como Cultura Europea Medieval, por supuesto básicamente cristiana. Pero no es la única cultura cristiana, porque en Bizancio el Imperio Cristiano de Oriente continuaba fantásticamente bien con la cultura greco romana pero en un marco de idioma griego y e ideología cristiana. Sin embargo no había mucho diálogo entre los dos imperios porque hubo algo parecido a un cisma por razones políticas e ideológicas.

Entonces, en la parte Occidental, que es la que más nos toca culturalmente, a medida que pasaron los siglos no sólo el ciudadano promedio era analfabeto, fuere el esclavo, plebeyo de la gleba, sino que el señor feudal tampoco sabía leer ni le importaba. Los que leían eran los monjes en los claustros y leían latín por supuesto, de hecho un latín muy simplificado, y había de vez en cuando un traductor de diversos temas o algún otro idioma y no mucho más. Sobrevivió apenas lo que había quedado en latín y, en gran medida, lo que fuera aceptable para la doctrina cristiana de esos siglos.

Pero en el camino afortunadamente ocurrió un fenómeno importantísimo para la historia de Occidente que fue la Égida de Mahoma, es decir cuando Mahoma sale a conquistar tierras y a difundir los conocimientos del Islam -las revelaciones del Corán- y ocupa buena parte del territorio europeo, sobre todo de España. Estamos hablando del siglo VIII- IX- X: todo el sur de España está ocupado por la cultura y el Imperio Islámico -los árabes- y ellos tuvieron la inteligencia de capitalizar los conocimientos con los que habían tomado contacto en el camino, pero sobre todo los conocimientos con los que salieron: los conocimientos persas (sus primeros conquistados). Y justamente entre los persas y otras culturas aledañas al lugar de origen de la cultura árabe había mucho material grecolatino traducido.

Luego, cuando los españoles -o mejor dicho, distintos reinados de la península ibérica- intentan sacarse de encima a los moros, empiezan a crear el estado nacional con una lengua unitaria -que es la lengua en la cual estoy hablando y ustedes me están entendiendo- que es el castellano. El que gesta o instrumenta esta política para fines imperialistas (como toda fijación de una lengua nacional), fue el famoso rey Alfonso X “El Sabio”, en el siglo XIII. En este siglo, ante la convivencia que había dentro de España de hispano parlantes en el sentido moderno, parlantes de este latín vulgar peninsular y de la variante específicamente de Castilla, con judíos que podían leer y traducir perfectamente hebreo, árabes que podían leer árabe, gente bilingüe y trilingüe, todos empezaron, por iniciativa de Alfonso El Sabio -dicen que era astrólogo o le interesaban personalmente estos temas-, se comenzaron a traducir las cosas que eran parte del acervo cultural muy sofisticado de los árabes en el siglo XIII. Ingresa así a Europa toda la cultura grecorromana, sobre todo de cuño aristotélico, porque los árabes se habían interesado sobre todo con la línea de Aristóteles más que con Platón, para mencionar dos figuras importantes del mundo griego, filosóficamente hablando.

Estos textos traducidos al castellano antiguo luego fueron traducidos al latín o a otras lenguas romances y empiezan a circular poniendo en un aprieto, nuevamente, los fundamentos ideológicos y los saberes de la Europa medieval cristiana. Se empiezan a desarrollar nuevas síntesis, aparece Santo Tomás de Aquino y con el tomismo reelabora las ideas de Aristóteles para intentar que fueran plausibles a la doctrina cristiana, que hasta ese momento venía siendo más platónica, siguiendo la línea de San Agustín. Se dio una situación -una efervescencia cultural- que se podría llamar Renacimiento, en el sentido primero que se dieron a sí mismos los renacentistas, un renacimiento de la cultura grecolatina y que aparece muy bien reflejado en el libro de Humberto Eco “El nombre de la rosa” o en la genial película de Jean-Jacques Annaud con Sean Connery. En la película o en la novela se mata por un libro, justamente la segunda parte de la poética de Aristóteles, así muestra cómo el aristotelismo estaba trayendo -más todos los debates doctrinarios teológicos previos- bastante movilización.

En el siglo XV con la caída de Constantinopla ocurren dos fenómenos importantísimos: por un lado el Imperio otomano toma Constantinopla y hay un saqueo muy importante en parte por occidentales cristianos mediante las Cruzadas y por parte también de los otomanos. Por lo tanto el inmenso archivo de material que había en griego sobre cultura grecorromana empieza a circular -aunque la mayor parte se perdió, se quemó y se arruinó- en forma de envoltorios de ropa o comida, porque así usaban ese papel, de modo que de alguna manera ese saber disperso de este modo grotesco que estoy mencionando se empezó a difundir de un modo aleatorio y fraccionario por el mundo que conocemos como Occidente o Europa y por otros lugares más importantes. Muchos intelectuales bizantinos cruzaron el charco para Italia, antes que ser sometidos o probablemente exterminados por los turcos. Entonces, Italia fue un depositario muy importante de los intelectuales grecoparlantes y de toda una tradición grecorromana muy sofisticada: Bizancio, una cultura de una sofisticación impresionante de la cual hoy quedan pocos rastros porque Occidente se encargo de “limpiarla”, lo que el presidente de Cariátide más de una vez ha aludido como el complejo de Caín, que mata a Abel por envidia, lo que es una de las marcas que llevamos dentro de la cultura occidental respecto del Imperio cristiano de Oriente grecoparlante.

En Italia aparece ahora sí el fenómeno del así llamado Renacimiento pero con un fuerte contacto, ahora ya no con copias de copias de copias o traducciones de traducciones de Aristóteles en griego a Aristóteles en persa luego al árabe y después al hebreo y luego al castellano y del castellano al latín y del latín al francés antiguo… se pueden imaginar todas las interpretaciones y los errores de los copistas.

Una serie de intelectuales: Marsilio Ficino, más tarde Erasmo de Rótterdam -clásicos del pensamiento helenístico- renacentistas o helenistas del siglo XV y XVI, comienzan a traducir directamente del griego, y de traducir estos textos viene el maravillarse con Platón que, es otro Renacimiento de aquel mundo no sólo grecorromano sino específicamente griego y también más específicamente platónico, con toda la línea que le siguió a Platón: los neoplatónicos y el contacto con los pitagóricos y el discurso de Platón, que en algunos puntos es muy diferente al de Aristóteles. En Aristóteles encontramos lo que hoy conocemos como la lógica deductiva, los silogismos. “Todos los hombres son mortales, Sócrates es hombre por lo tanto es mortal”, es un paradigma del pensamiento lógico matemático, es decir, racional -en un sentido fuerte de la palabra- que después va a tener sus continuadores occidentales en la lógica cartesiana, si se quiere hasta el positivismo. Platón está muy lejos de ello: si bien participó y fue al fin y al cabo maestro de Aristóteles, todavía se hallan rastros muy importantes en él de un pensamiento que en líneas modernas podríamos llamarlo no sólo tendiente a la búsqueda de un esclarecimiento racional sino también una cierta comodidad con el pensamiento mágico que está absolutamente ajeno a Aristóteles.

Plotino es la versión más consumada de los neoplatónicos pero también los gnósticos -o las distintas sectas de las que una tomó el poder en Constantinopla y se llamó Cristianismo- también tiene una fuerte impronta neoplatónica y algunos de los últimos neoplatónicos tenían una relación muy importante con todo lo que fuera magia práctica, la teurgia. Es decir, el hacer era a partir de un “hay Dios aquí”, con la idea de que hay toda una serie de gamas de seres entre los principios ideales, arquetípicos, platónicos, entre el Bien, Dios o como lo quieran llamar, y nosotros como seres encarnados e imperfectos. Es una gama de seres que pueden ser ángeles, demonios -estadios intermedios de ser-: muchas veces se habla de Platón como el filósofo de la “mediación”, en vez de la cuestión antinómica y binomial de verdadero-falso del silogismo aristotélico. Por lo cual, muchos de sus escritos, que son deliciosos desde el punto de vista literario y de reflexión filosófica bordean a veces lo irracional y no se llega necesariamente a una resolución sino que recorren el diálogo (los famosos diálogos de Platón), dejando cuestiones deliberadamente abiertas.

Marsilio Ficino fue el primer traductor de Platón a lenguas romances europeas directamente del griego, y de alguna manera hizo también que resucitara no sólo el helenismo sino el Hermetismo en pleno seno de la cultura que llamaríamos renacentista. El Hermetismo sería una especie de renacimiento de determinadas escuelas gnósticas que combinaban visiones religiosas con visiones filosóficas y espiritualistas muy eclécticas que se parecían a lo que hoy llamamos ocultismo, pero con un fuerte cuño conceptual intelectual que cundió fuerte entre los intelectuales renacentistas del siglo XVI hasta el XVII. Hoy nos parecen tanto científicos, hay algunos famosísimos en la historia de la ciencia, pero eran al mismo tiempo magos, porque convivían de algún modo estas dos visiones de la realidad, en la cual una se iría imponiendo como mucho más característica dentro de la identidad a través de la historia de Occidente, que es la de la mente racionalista.

Hubo otro Renacimiento en el siglo XVII, si hablamos de Renacimientos en plural, donde se sobrevaloró todo este componente, por un lado racionalista, estamos hablando del razonamiento cartesiano -Descartes: “Pienso, luego existo”-, pero, por otro lado también todo este componente mágico del Hermetismo. Si vamos al caso, en la Astrología de la cual después hablaremos, hubo una culminación en el doble sentido de la palabra: “llegar a la cumbre” y también “como el fin de un ciclo positivo”, porque iba a ser de alguna manera desplazada por visiones ultra racionalistas en las cuales la Astrología no puede históricamente ubicarse.

Y, salteando siglos impares occidentales tenemos en el siglo XIX una especie de nuevo renacimiento en el sentido puro de la palabra, un “volver a tomar contacto”, que a partir de acá generará varios renacimientos cada tantas décadas.

El Iluminismo, que otra vez trataba de confrontar a cierto supuesto oscurantismo de la Iglesia (y el poder de la Iglesia trae ciertos valores que le vienen de la cultura grecolatina), después los Románticos a fines del siglo XVIII y principios del XIX también van a sacar de la galera nuevamente la antigüedad grecorromana como un valor antiguo, y por antiguo y arcaico más valioso que lo que había hasta entonces, porque era una de las características también del romanticismo. De alló, dentro del seno del movimiento romántico y del desarrollo de la filosofía positivista, empieza un desarrollo particularmente sistemático y brillante de la filología aplicada a la cultura grecorromana, es decir, del estudio sistemático y científico de los textos -que ya había empezado en la época helenística, el estudio sistemático de los textos antiguos-. Dentro de ese estudio sistemático de los textos de la antigüedad se infiltró también alguno que otro estudioso de la Astrología por motivos que no eran particularmente el amor a la misma y empezaron a compilar aquellos textos donde se hablara explícitamente de Astrología en la época helenística y la Astrología escrita en griego.

En el siglo XX obviamente ya no se puede hablar de Renacimiento porque ya hay una continuidad ininterrumpida pero -éste el motivo de la conferencia de hoy- es que en los últimos quince años ha habido un Renacimiento con cierta gradualidad, y hoy hay una especie de moda, explosión o eclosión de interés en la Astrología helenística, tanto en el mundo científico-académico como también el de los que hoy se autodenominan astrólogos, es decir, en el recupero de los textos astrológicos y un intento de comprensión del sistema astrológico de la época helenística.

Podríamos preguntar: ¿por qué esta moda? ¿de qué sirve? Éste es el objetivo de la conferencia de hoy, lo que me lleva a la segunda palabra a la que quisiera aludir dentro de esta conferencia, que es la palabra “helenística” como adjetivo. Una cosa es lo “helénico”, otra cosa es el “helenismo” y otra es lo “helenístico”, en términos de las convenciones de uso refieren a distintas cosas: lo helénico es lo griego, lo de la Hélade, lo que hoy se autodenomina como país Heláda o República Helénica, es decir, Grecia. Entonces lo helénico es todo lo vinculado de un modo u otro a ello, es como el sinónimo de “griego”.

“Helenismo" es una mezcla de simpatía y sobre todo estudio de lo griego, y el helenismo ya es una actividad que se halla dentro y fuera de Grecia en la Grecia antigua, porque los griegos, como cualquier pueblo, tenían una percepción etnocéntrica y miraban lo distinto a ellos como interesante desde la curiosidad pero seguramente menor desde el punto de vista del valor: los demás eran los bárbaros. Habría que ver si todo el mundo tiene derecho o razón cuando tiene esta percepción etnocéntrica, pero convengamos que los griegos idearon, esquematizaron, propusieron y difundieron una serie de contenidos y de valores que para la cultura universal son fundamentales y en su mayoría son elementos que tendemos a considerar como valiosos en el sentido positivo de la palabra: la democracia, la ciencia, la filosofía, etc., por lo cual, ya en la época en que los griegos producían intelectuales de la talla de Platón, Sócrates, Sófocles, literatos o políticos insignes, se podía hablar de helenismo, en cuanto a esta conciencia de lo griego como un valor al cual hay que prestarle atención. Luego, habrá estudiosos todavía hoy que se dicen helenistas porque estudian al mundo griego antiguo o hasta inclusive moderno, o más específicamente “filohelenos”, es decir, “amantes de lo griego”.

Pero, ¿qué es lo helenístico? Lo helenístico refiere a una época específica de la humanidad, ya no es lo griego, es un período político periodizado, periodizable, con ciertos rasgos culturales, así como el Renacimiento tiene ciertos rasgos culturales -sobre todo los históricos- aunque bastante diferentes a lo que es prototípicamente medieval o romántico. En el caso de lo helenístico se refiere a aquella época en que un político muy importante, el príncipe Alejandro Magno -hijo de Filipo de Macedonia- absoluta y genuinamente entusiasmado, apasionado y embebido de los ideales helénicos decide que los va a difundir por todo el mundo y de paso conquistarlo, porque no hay otra forma de difundirlos, según su concepción monárquica imperial. Así nace el primer Imperio occidental tal como nosotros hoy entendemos la noción de Imperio, un Imperio inmenso que va desde la India hasta Italia que toma parte de África y todo Medio Oriente. Con veintitantos años se larga a conquistar estas zonas geográficas con una gran diversidad de culturas diferentes y antiquísimas, con saberes ancestrales impresionantes e interesantes pero con la idea de difundir los valores del helenismo, quizás como la excusa -como Alfonso el Sabio en su momento- por una cuestión de vocación imperial.

Pero parece ser que Alejandro estaba realmente convencido: discípulo de Aristóteles, quien fue su maestro de escuela porque Filipo de Macedonia quería “helenizarse”, ya que a los macedonios los griegos los miraban de reojo porque hablaban un dialecto y no los consideraban del todo griegos, los veían como semibárbaros. Entonces, la estrategia elegida por Filipo, “helenizarse”, que es hacerse el griego, parecer, gesticular, hablar como griego, lo hace decidir que a Alejandro lo va a educar el griego más inteligente a mano, y le puso a Aristóteles como instructor.

De alguna manera, claramente dentro de esta situación que estaban viviendo en la Corte de Macedonia, Alejandro tenía la convicción de que el espíritu helénico tenía una misión, la misión universalista de llevar la democracia (aunque fuera a palos y a sangre), imponiendo el estilo de vida helénica a las otras culturas para que puedan beneficiarse de ella. Esta idea universalista no tenía precedentes occidentales en términos ideológicos, aunque sí en Oriente, con la difusión del budismo, que es más o menos contemporánea a Alejandro, o ciertas ideas de Confucio y más particularmente de Lao Tse en la China, que fijó una época muy particular en esos siglos con ciertas filosofías o filósofos que tenían un fuerte sesgo que hoy llamaríamos ”universalista democratizante”. En el Cristianismo, el catolicismo, “aquello que es para todos”, el “katholikós”, es etimológicamente una palabra griega sin ningún tipo de connotación religiosa, cuyo ideario es encarnado por Alejandro y llevado a toda la cuenca del Mediterráneo y mucho más allá hasta la India, el límite al cual llega porque él quería llegar justamente a conquistar todo el mundo. Pero el mundo era un poquito más grande de lo que él creía y además murió muy joven, a los 33 años.

La idea es que se llama Época Helenística, más o menos, al momento en que él empieza la expansión imperialista, podríamos ser más precisos y darle una fecha “virtual” al año de la fundación -en un alarde de modestia- de la ciudad de Alejandría en Egipto (el nombre de la ciudad es obviamente por su nombre). La fundación fue en el año 331 a de C., él muere en el 323 a de C., dejando el gran Imperio en manos de distintos sucesores que se fueron peleando entre ellos y justamente por esas “peleas” -desafortunadamente algo muy típicamente griego- fueron perdiéndose ciertas zonas, hasta que finalmente los romanos o latinos, mucho más coherentes en cuanto a su vocación imperialista desde el punto de vista de cierto sentido común pragmático-administrativo, terminaron por absorber buena parte de aquello que era el Imperio helenístico o griego de Alejandro, la cosmovisión alejandrina. Sobre todo, más específicamente en la mítica batalla de Actium, donde Augusto derrota a Marco Antonio y Cleopatra, que eran el último bastión de la cultura griega, porque Cleopatra vivía en Egipto pero era de origen griego.

Entonces, ¿qué caracteriza a la cultura helenística? Antes que nada, un idioma común, que es un griego relativamente simplificado, llamado “koiné”, que significa literalmente “común”, una lengua franca en la cual se entendía todo el aparato administrativo y los pobladores -sobre todo los más cultos- de esta inmensa área del Imperio helenístico.

Tomé como referencia dos fechas arbitrarias el 331 a C. y el 30 a C. año de la batalla de Actium donde es la caída definitiva de Grecia en manos de los romanos: son 300 años justos, pero, si vemos cuáles son las características de la época helenística, son más de 300 años, porque estos rasgos se dieron unos 100 años antes y unos 200 o 300 años después, por lo que totalizaron unos cuantos siglos más.

Los rasgos que caracterizan la época helenística son entonces la lengua común, el griego, antes que nada: toda persona culta se comunicaba con gente de otros países en griego, como pasaba en la Edad Media con el latín o hace cien años con el francés y como pasa hoy con el inglés. El griego era la lingua franca, la lengua del comercio, pero sobre todo la lengua de cultura. Por un lado, esto permitió en términos de universalismo y no sólo de estrategias políticas (y ahora estoy tratando de resaltar los aspectos positivos como un valor positivo de comunicación) que una gran cantidad de culturas de tradiciones riquísimas, arcaicas que no tenían mucha oportunidad de dialogar entre sí porque estaban en guerra y porque hablaban lenguas diferentes pudieran, por primera vez, dialogar e intercambiar conocimientos manteniendo su propia identidad, que fue uno de los grandes rasgos por un lado inteligentes y por otro loables de Alejandro, dado que desde el punto de vista práctico, no podía expandir un Imperio que luego no tendría fuerza militar suficiente para estar imponiendo lo griego todo el tiempo. Entonces lo que él hacía era dejar que cada uno mantuviera sus costumbres, pero mostraba las costumbres griegas y las dejaba, de alguna manera, a través de la lengua griega y mediante el casamiento de sus generales con mujeres de las distintas civilizaciones o tribus con la que se iba topando, dejando la impronta griega con esta idea universalista “católica” como posibilidad de intercomunicación y pertenencia a una cultura universal: éste es uno de los rasgos fuertes de lo helenístico.

Antes de Alejandro en cierto modo esto se daba en la Grecia del siglo de Oro de Pericles, cuando se conforma la Liga Ateniense y Atenas cobra una fuerza importantísima como centro, lo que le permite que toda la plata y el poderío político que acumula creen estos tesoros que son hoy Patrimonio histórico- universal de la historia de la humanidad, tales como la arquitectura del Partenón, los grandes escultores como Fidias, los grandes pensadores, los escritores y dramaturgos (Esquilo, Sófocles, Eurípides), filósofos, etc. Esto ya marca una pauta, en parte por el poderío político que tenían, en donde a cualquiera que se sublevara lo destruían del modo más impiadoso y cruel que puedan imaginarse, porque era un imperialismo bestial hacia fuera pero adentro “la democracia” (en un sentido parecido a la política norteamericana actual -es una opinión personal-), pero no les interesaban demasiado los no griegos (los bárbaros) como que los de aquí adentro, los de la Liga Ateniense, pagaran, etc., y esto llevó a que la cultura ateniense, puntualmente la de la región del Ática, fuera como un modelo -inclusive de lengua- y empezó a ser una especie de parámetro.

Así como “El Quijote” va ser un modelo de lengua durante unos siglos para el castellano o “La Divina Comedia” italiana, en cierto modo el helenismo que es puesto en un pedestal con un modelo más específicamente ático o ateniense es previo a Alejandro. Él, lo que hace, es una especie de consumación - florecimiento, y es por eso que decía que se puede extender al menos a un siglo previo a la expansión imperial específicamente bélica de Alejandro Magno. Podríamos extender la época helenística desde el punto de vista cultural (no histórico o de periodización de batallas) a dos o tres siglos luego de la caída de Cleopatra y Marco Antonio porque, al fin y al cabo, bajo el poder de Augusto y el Imperio romano-latino, el griego siguió siendo lengua de culturas por unos siglos y el Imperio romano continuó manteniendo esta política cosmopolita en cierto modo, con una fuerte impronta de poder político y de los valores de lo que imponía, pero al mismo tiempo dejando que cada uno hiciera, dentro de ese contexto, lo que quisiera en términos culturales. Por lo cual, este cierto universalismo un poco más moderado se continuó y la lengua griega continuó como lengua de cultura, pero sobre todo como la lengua de la ciencia (mucho más que el latín). Con todo ello podemos hablar de unos cinco, seis siglos de cultura helenística.

Entonces, una vez más, ¿qué caracteriza la cultura helenística? Uno, una comunidad de lengua que permite un intercambio sincrético, es decir, que distintas culturas puedan tomar lo mejor las unas de las otras y donde la ciudad de Alejandría es el símbolo principal de este intercambio de saberes y de cultura (en el sentido pleno de la palabra) dentro del área griega. La famosa biblioteca que sufrió tantas quemas empezando por la del mismo Julio César, donde se perdieron tantos manuscritos, modelo de las grandes tragedias de pérdida que conocemos, como también por supuesto luego la pérdida de manuscritos en Constantinopla con su caída.

Alejandría se erige en un centro intelectual fundamental, político por supuesto pero sobre todo intelectual, donde en su famosa biblioteca se dan cita intelectuales (sobre todo nacidos en Egipto), donde se juntan textos: cualquier visitante tenía la obligación de llevar dos libros para donar del lugar de donde viniera para entrar y ¡si veían un barco que llevaba libros se los incautaban! Teniendo todo este acervo intelectual, algo importante que pudo suceder con los estudiosos alejandrinos es que ahí empezó el concepto de “científico” moderno, así como el de filólogo, porque tenían que estudiar textos antiguos de un griego que ya no sonaba igual que el que se hablaba entonces, porque habían pasado unos cuantos siglos desde que se empezaron a poner por escrito los textos y las lenguas están en constante cambio: es ahí donde van desarrollándose una serie de saberes que se van contrastando y combinando, distintas ciencias o proto-ciencias. No era Alejandría el único centro, también Sidón en Fenicia, Antioquia en Siria y también Pérgamo. Si vamos al caso no había ciudad que no fuera un centro intelectual: fue una época donde lo intelectual en el sentido moderno, si se quiere, “culturoso”, de la palabra tuvo un florecimiento sin precedentes.
La cultura helenística por lo tanto fue una cultura de un alto refinamiento intelectual, cultural y de un alto nivel de sincretismo, y, al mismo tiempo, me atrevería a decir que ligeramente decadente, en el sentido de que había una idea de que “los grandes son los que nos precedieron”, por lo que trataron de entenderlos mejor, de estudiarlos y reproducirlos.

Hay una maravillosa autora del siglo XX y que fue la primera mujer que ingresó a la Academia de Letras de Francia, Marguerite Yourcenar, cuya novela “Memorias de Adriano” es la autobiografía del emperador romano filoheleno Adriano. En esta supuesta autobiografía (que se puede considerar poesía en prosa, y la maravillosa traducción castellana la hizo Julio Cortázar), ya que el libro tuvo mucho éxito (escrito hace décadas, sigue siendo un best seller), ella cuenta en un epílogo cómo fue que pergeñó ese libro que narra de un modo brillante la época helenística -en el sentido cultural, porque estamos hablando de pleno Imperio romano. Comenta que una frase que leyó de Flaubert le llegó muy fuerte y fue el germen de esta novela que narra las reflexiones de un emperador brillante en su lecho de muerte: el filoheleno Adriano hizo mucho por la paz, la cultura y logró siglos de paz -que no es algo menor- en plena época helenística. Y la frase que impactó tanto a la Yourcenar dice así: “Los dioses ya no estaban y Cristo todavía no estaba y desde Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”. O sea, quedó el hombre entregado a sí mismo como medida de todas las cosas, como decían algunos filósofos sofistas, y en esa medida de lo humano cobra fuerza la noción del “Humanismo”, que es algo que caracteriza fuertemente a la época helenística y me atrevería a decir a los distintos “Renacimientos” de aquel mundo que cada tanto un grupo de personas entienden que tiene algo nuevo para aportar a la cultura del momento.

Otra palabra que vamos a tener que definir, es decir, explayarme al respecto, es la palabra “Astrología”. Me gustaría empezar por hacer una definición negativa: Astrología no es lo que encontramos en los horóscopos de los diarios. Eso es una parodia que desde 1928, cuando comenzó la así llamada cultura de masas, comenzaron a hacer los medios de comunicación para vender más y para difundir ciertas ideologías usando palabras astrológicas (Aries, Tauro, Géminis…), para decir algunas frases que algunas personas se toman más en serio, otras como entretenimiento y a otras les parece un insulto al intelecto humano. Los editores promueven ese tipo de actividad, que aparece luego reproducida en situaciones juglarescas en los medios masivos de comunicación audiovisuales, donde algunas personas se presentan como astrólogos y hacen predicciones para los nacidos de tal día a tal día. Esto no guarda ningún tipo de relación con la Astrología, es un invento de los medios masivos de comunicación para sus propios fines comerciales y de dominio ideológico. Por otro lado, muchas veces, aquellos que practican la Astrología o dicen ser astrólogos no lo son en el sentido convencional de la palabra, o de lo que hoy y tradicionalmente se consideraba un astrólogo serio. Lo más importante a subrayar es que esa práctica no guarda relación con lo que venia siendo la Astrología hasta este momento (1928) -con altibajos, sin duda- en la historia de Occidente, ni guarda relación con lo que miles de personas hacemos como astrólogos y que sí guarda una relación directa con lo que se viene haciendo hace milenios. Me refiero entonces a que los signos de los horóscopos de los anuarios de tal o cual autor taquillero o las cosas que dicen en los noticieros o ciertas personas con dotes histriónicas no guardan relación con la temática de la conferencia de hoy.

Ahora sí, voy a ir a una definición positiva de la Astrología, la más consensual y que puede incluir mayores variantes respecto de las distintas prácticas que se pueden llamar así mismas legítimamente astrológicas, y dice que es aquella rama del saber o del conocimiento que busca explorar las correspondencias entre ciertos fenómenos celestes y ciertos fenómenos terrestre. Si busca explorar estas correspondencias es porque presupone que las hay, que algo pasa, y va encontrando cosas, si no sería nada más que una búsqueda en el vacío durante siglos, si es que hubo tal desarrollo en los siglos. ¿Hubo tal desarrollo en siglos? Sí, la Astrología se puede llamar la madre de todas las ciencias, su origen se pierde en la noche de los tiempos y casi no hay cultura más o menos desarrollada en el planeta en la cual no haya un registro explícito de prácticas que podríamos llamar genuinamente astrológicas encuadradas dentro de la definición que acabo de dar.

Estas búsquedas de correspondencias entre lo que ocurre ahí arriba y lo que ocurre aquí abajo desde un espíritu más o menos religioso, desde un espíritu más o menos científico, o inclusive desde un espíritu que hoy muchos llamarían supersticioso, pero da igual desde qué espíritu se trate, porque sí es la búsqueda sistemática de correspondencias. Reitero, no hay cultura en la que no haya rastros más que interesantes y desarrollados al respecto, sobre todo culturas que social, política y urbanísticamente fueron muy desarrolladas, particularmente alrededor de grandes ciudades.

¿Qué relación guarda con nuestro tema de conferencia? Lo que los occidentales desde hace 2000 años practicamos en el nombre de la Astrología acordamos en varios elementos de esa práctica, usando determinadas tradiciones de práctica como nombres y objetos visibles o reales celestes, los planetas del sistema solar, Sol, Luna, las relaciones que estos elementos que acabo de mencionar, los doce signos basados en las constelaciones, el recorrido que hacen los planetas, la Luna y el Sol durante el año desde una mirada geocéntrica y que entablan relaciones de ángulos entre sí llamados “aspectos” , las relaciones entre los planetas y los signos llamadas “regencias” o que un planeta está “en su casa” si está en la casa que rige, como también divisiones del espacio local que llamamos “casas” en un mapa que se llama “Mapa Astral” o “Carta”, desde el punto de vista semánticamente hablando de mapa (en el sentido cartográfico), es al fin y al cabo la práctica horoscópica de la Astrología que, aunque no es la única, caracteriza a la Astrología de Occidente y a la hindú.

Son inventos de la época helenística, es decir que la Astrología que venimos haciendo los astrólogos occidentales pasando por Nostradamus, Galileo, Kepler o Newton, todos grandes científicos que además eran astrólogos. Esa Astrología fue construida de un modo u otro en la época helenística por personas que se comunicaban, pensaban, leían y debatían en griego y luego lo instrumentaban en ese idioma y dentro de la ideología propia de la época helenística.

Su transmisión en Occidente fue bastante accidentada por distintas variables culturales, pero también hubo un desarrollo discontinuo de esa Astrología nacida en la época helenística, y, justamente por motivos que vamos a relevar de ciertos alcances que es fundamental dar a conocer. Un importantísimo grupo de académicos astrólogos y no astrólogos durante los últimos quince años han abordado con entusiasmo y resultados sin precedentes en la historia de Occidente el estudio exhaustivo, intensivo de estos textos astrológicos helenísticos que estaban disponibles, que se quieren rescatar o se entiende que hay algo que aporta a nuestra comprensión de esa época en términos históricos, de la ciencia, tanto en los términos históricos de la ciencia, pero también quizás de nuevas cosmovisiones que tal vez nos hemos perdido de gozar el beneficio de tenerlas en cuenta habiendo apostado a otro tipo de cosmovisiones que han dado resultados muy buenos pero también han dado resultados muy malos, mucho sufrimiento en todo caso u opacamiento del entendimiento en cuanto a algunos aspectos de la evolución en la historia de Occidente. No digo que necesariamente habíamos errado el camino, pero algo parece que perdimos y se eso está reencontrando.

La Astrología la inventaron o la armaron en la época helenística: lo que pasó es que cuando Alejandro hace su invasión e impone el helenismo, la lengua griega y la idea de que ahora entre todos podían intercambiar conocimientos, se encontró con que cada cultura tenía un trabajo muy largo de existencia y observaciones de diversa índole y cada cultura tenía su propia Astrología. La más desarrollada era probablemente la mesopotámica que tuvo como capital fundamental astrológica a Babilonia -la actual Irak- “la cuna de la Astrología”, que era algo así como Alejandría antes de Alejandría, al menos para la zona de los sumerios, asirios y caldeos que luego al tomar Alejandro esa zona va a permitir el intercambio de saberes. Básicamente saberes mesopotámicos caldeos, babilonios, pero con intercambio de otros saberes astrológicos como los hindúes, persas, sirios, egipcios y también con todas las disquisiciones filosóficas, en parte racionalistas tan armónicas -Pitágoras de por medio- de los griegos. En ese intercambio de conocimientos verbalizados, debatidos con esos intelectuales helenísticos alejandrinos en lengua griega va tomando forma una práctica, la “horoscopía”, que además va cobrando un matiz democrático que no tenía precedentes en la historia de la humanidad.

La Astrología era un estudio que se hacía en parte religioso y en parte agronómico, ya que querían entender cuándo subían y bajaban los ríos (el Nilo en Egipto, el Éufrates y el Tigris en Mesopotamia) o saber cuándo se tenía que cosechar, y lo hacían contando las relaciones de los días respecto del cielo, es decir, los fenómenos celestes que hoy tenemos computados en los calendarios con las estaciones. Había una noción de los ciclos, pero la subsistencia misma de todos dependía de esos ciclos, con lo cual en cada caso, un grupo de estas culturas imperiales ordenadas alrededor de ríos importantes como los mencionados, al igual que las culturas de China o México, una elite de estudiosos, interpretaba los designios del cielo o celestes, en cierto modo también como divinos o en un sentido “ecológico” de lo Divino: había que dar cuenta de los procesos de la naturaleza que incluían una relación observable -hoy nos parece trivial- que en ese momento se vivía como reveladora y eventualmente sagrada entre ciertos fenómenos celestes y ciertos fenómenos terrestres como la sucesión de las estaciones, que hoy nos es facilitada pero hubo que construirla para “sobrevivir y cosechar” y con ello poder dar de comer a tanta mano de obra a la que se iba a esclavizar… pero, era de vida o muerte había un hecho pragmático, por eso dije agronómico y al mismo tiempo se vivía como religioso.

Esta pequeña elite de los sacerdotes e intelectuales que eran los astrólogos de estas culturas trabajaban para el bien común y para el sostenimiento de la comunidad, ya que era una Astrología no individual sino colectiva con un fuerte componente religioso, observacional-experimental y por lo tanto proto-científico en el sentido moderno de la palabra. Miles de conceptos de la ciencia actual tienen su base en la Astrología inclusive mesopotámica pre-griega, y a la hora de individualizar esos conocimientos, el individuo que era el nexo entre los dioses y nosotros era el emperador (hijo-nieto-tataranieto del Dios) que simbolizaba dentro de la pirámide de la organización imperial “el vértice”, sostenido inmediatamente debajo del vértice por los sacerdotes que de alguna manera “usaban” al emperador -que no era necesariamente un militar victorioso- como símbolo de esa filiación entre el orden social-terrestre y ese orden celeste, que con el correr de las décadas y siglos iban develando y ordenando cada vez más.

Cuando se da este sincretismo, esta interacción de saberes por parte de astrólogos de distintas astrologías de distintas culturas gracias a esta instancia inaugurada por Alejandro Magno en términos culturales que aparece simbolizada topográficamente por la ciudad de Alejandría, la Biblioteca de Alejandría y la Escuela de Alejandría, se va construyendo un saber que, por otro lado, empieza a pensar en los individuos, no sólo en estas interrelaciones, sino más particularmente pensadas para los individuos, porque con el imperio de Alejandro muchos astrólogos se convirtieron en mano de obra desocupada, y entonces empezaron a afluir a los centros políticos, como pasa ahora con los sudamericanos que se van a Europa o Nueva York, más o menos como capital del Imperio occidental actual al menos desde el punto de vista cultural, con la tecnología unificada, “la nueva koiné”. Así como ahora se van a probar suerte entonces al primer mundo, los astrólogos se empezaron a ir Grecia. Porque, al fin y al cabo, el mundo era griego, o al menos el que ellos conocían, en todo caso la capital era Grecia, la ciudad de Atenas.

Hay un primer antecedente de un tal Beroso (que es el primero del cual se escribe), un astrólogo caldeo, en el siglo IV a de C. Caldeo era sinónimo de matemático y astrólogo. Contemporáneo a la gesta de Alejandro, apenas hace la gesta va a visitar Grecia y arma la primera escuela de Astrología occidental donde empieza entonces a difundirse este conocimiento, aunque ya estaba difundido antes por otros inquietos buscadores. Pitágoras ese filosofo mítico que supongamos existió, y si no existió, sí existió una escuela que podría llamarse con todo derecho pitagórica que está citada por Aristóteles como antecedente certero de la historia de la filosofía occidental que para él es por supuesto griega. Con Pitágoras estamos hablando del siglo VI a de C., donde se nota una gran comunidad de criterios y de discursos entre cuestiones que comenta Pitágoras y cuestiones que van descubriéndose en las famosas tablillas con inscripciones cuneiformes de los astrólogos caldeos, porque había un intercambio: siempre se hablaba de los famosos viajes iniciáticos de Pitágoras a Egipto o Mesopotamia. Los que más viajaban y tenían inquietudes intelectuales empezaban un proceso de mezcla o sincretismo que llegó a un súbito, dramático y maravilloso apogeo gracias a la Escuela de Alejandría, pero ya había individuos que habían empezado este tránsito. Entonces, el saber astrológico llega a Grecia a través de los caldeos, que eran mano de obra desocupada y al mismo tiempo se funda Alejandría, de modo que ya no sólo el astrólogo sino los saberes diversos de ese momento, puesto que no había una gran distinción entre Astronomía y Astrología, ya que los practicantes eran los mismos (esta indiferenciación siguió hasta el siglo XVIII prácticamente hasta Newton). Hasta que la Astrología empezó a tener mala prensa y empezó a ser incompatible con la cosmovisión del momento, que eran en el siglo XVII a XVIII el racionalismo, el positivismo y el materialismo, que no se condicen con el espíritu de la Astrología en general y mucho menos con el espíritu de la época helenística, donde la Astrología no era de ninguna manera materialista o cien por cien lógica, dado que estaban en pleno auge los distintos Gnosticismos y el Neoplatonismo que, como dije antes, tenían un fuerte cuño semimágico y semiracional pero, al mismo tiempo, una búsqueda de conceptualización y racionalidad.

La Astrología y la Astronomía seguían unidas hasta el siglo XVIII y luego se fueron desvinculando porque la cosmovisión astrológica presupone un modelo del universo que fue siendo incompatible con el modelo de universo que se fue desarrollando como versión oficial en Occidente. Nada menos que un astrólogo, Claudio Ptolomeo, desarrolla un modelo astronómico-geográfico y astrológico del Universo en un libro que se llamaba “Sintaxis y Matemática” que se conoció en Occidente como el “Almagesto” y que es la versión oficial que la cultura occidental europeo cristiana va a tener del universo durante 1500 años y al que se atrevía a oponerse a esa visión… ¡a la hoguera!, como casi le pasa a Galileo, quien gracias al telescopio dijo: “No, no funciona. Copérnico tenía razón.” Galileo y Copérnico eran astrólogos, en el camino Kepler -antes de Galileo- también descubre ciertas leyes del movimiento planetario que mostraban que realmente el modelo aristotélico de Ptolomeo no era representativo de la Astrología que se hacía en esa época. Él era un astrólogo de la Biblioteca de Alejandría pero muy teórico y enciclopedista: era más bien un erudito, compilador o un crítico, no hay un solo horóscopo en sus escritos. Ptolomeo ideó un modelo del universo que fue útil para el Imperio romano y luego al Imperio cristiano-romano todavía hoy visible en la capital Vaticana, un modelo estático y geocéntrico.

Los griegos no creían en el geocentrismo en líneas generales, fuera de ciertas épocas retrógradas, ya que poco antes de matar a Sócrates también habían echado de la ciudad a Anaximandro por postular que el Sol era una piedra incandescente alrededor de la cual girábamos, lo que era escandaloso para el ciudadano promedio sin conocimientos científicos, pero los pensadores e investigadores de la época que reflexionaban y observaban -los pitagóricos- tenían una cosmovisión heliocéntrica, es decir, pensaban al Sol relativamente quieto y a los planetas y la Tierra girando alrededor. Era puro sentido común que se mostraría a la hora de describir mejor los movimientos de los astros. Kepler, que también era astrólogo, describe las órbitas planetarias -las leyes de los movimientos planetarios-, Newton (también astrólogo) descubre la fuerza de gravedad como hipótesis explicativa de este universo ya no geocéntrico, por supuesto, y en términos mecánicos explica el mundo. A medida que van pasando los siglos la Astrología llamada helenística, cuando se deja de hablar griego, deja de tener fuerza. Además en esta Astrología se habla de planetas que tienen nombres de dioses (Marte, Venus, etc.) y se empieza a instalar en pleno Imperio romano el catolicismo, el cristianismo desde Teodosio pero más fuertemente desde Constantino, por lo que la Astrología empieza a ser problemática.

Comienza un debate sobre libre albedrío, si los astros determinan o no, sobre el destino, si es de bárbaros orientales que traen cultos mistéricos, como lo citado por Yourcenar “los dioses de verdad ya no estaban”, los dioses homéricos ya en la Ilíada son una pandilla a la que no era muy creíble andar rindiéndoles culto en un sentido devocional o serio, todavía no había aparecido Cristo, que después por unos cuantos cientos de años en buena parte de Europa e inclusive en Asia Menor va a ser una figura donde sí va a haber un culto fanático, consistente.

Mientras, había un montón de cultos y los imperios eran tolerantes, según el culto y la inclinación filosófica de cada sujeto. Por ejemplo a los estoicos, posteriores al platonismo, cronológicamente hablando, les gustaba la Astrología porque sentían que había una noción afín, ya que la Astrología era similar a su idea de aceptar “estoicamente”, frase que se usa hoy en sentido trivial. Esta aceptación de lo dado y del propio destino se condecía bastante con la idea de la Astrología y de la aceptación de un destino predeterminado que era bastante congruente con lo que pasaba políticamente. Imagínense que Grecia estaba caracterizada, hacía unos siglos, en su constitución social y en su accionar político cotidiano, por la democracia, la libertad en el sentido moderno. Más allá de que había esclavos, el ciudadano promedio era libre en el sentido moderno de la palabra, la democracia era un hecho. Desde el Imperio alejandrino podrá haber mayor o menor grado de libertad individual, pero obviamente ya hay un orden imperial que se ocupa de que la máquina de la política, la geografía y la economía anden lo mejor posible, mientras que el ciudadano puede acatar, adaptarse o en todo caso comenzar a cultivar su vida interior y a sentirse “parte” -en el sentido universalista de la palabra- de ese mundo, pero en una cultura imperial ya no se inserta en ese sentido militante, participativo de la democracia.

Tanto en el Imperio alejandrino como luego en el Imperio romano la participación quedó muy relativizada respecto de la democracia más arquetípica e ideal. Quizás haya sido siempre un ideal y no del todo instrumentada en ningún lugar. En todo caso, en la época helenística está la noción de que ya no se sigue con las conquistas materiales sino que se hace un repliegue hacia el interior, inclusive ya no hay tanto debate político porque otros se ocupan de ello: es algo que nos pasa a los modernos también, donde se ocupan las multinacionales, los políticos y, mientras, uno va al psicólogo, lee, mira tele o desarrolla sus vínculos humanos, pero ya no hay esa actitud participativa que pudo haber en otros momentos en este mismo país. Como este espíritu democrático estuvo como espíritu en la idea de Alejandro, al fin y al cabo, en el ciudadano promedio estaba la noción de libertad pero al mismo tiempo una sumisión a un orden mayor con el cual no hay opción. Este orden mayor, también puede ser el orden y la voluntad de los astros, por eso los estoicos tenían una gran afinidad con la Astrología.

El Imperio romano con la Astrología tuvo una relación por momentos buena y por momentos mala: los emperadores los consultaban o a veces decapitaban algún astrólogo, pero en el Cristianismo se complicaban más las cosas por esta idea de fatalismo y por el eterno problema que está puesto sobre el tapete fuertemente por San Agustín, uno de los padres de la Iglesia, y siguiendo a Cicerón: el del libre albedrío. Si somos como somos por lo que dicen los astros no hay pecado, nada es culpa mía, por lo que no soy responsable de ir al cielo o al infierno, por lo que no puedo hacer nada por ganármelo. El libre albedrío en su versión más fuerte, que es fundamental para la teología y para la religión cristiana tal como se la concibe en la patrística -los fundadores de la Iglesia- es bastante incompatible con esa cosmovisión, inclusive en Bizancio -en la Edad media griega- hubo un emperador astrólogo, Manuel Comeno, que tuvo fuertes peleas con el jefe de la Iglesia de ese momento por el tema del libre albedrío. En términos teológicos al Cristianismo lo pone en un aprieto, pero otras religiones están cómodas con la Astrología, como sucede de hecho con la mayor parte de las religiones de la India.

Por ello en Occidente comenzó a haber cierta decadencia, este semi-analfabetismo fue haciendo que los textos ya no circularan y quedó como único libro uno en griego luego traducido al latín de Claudio Ptolomeo con su mirada aristotélica y su explicación de un mundo estático, geocéntrico, como el orden que pretendía la Iglesia: el “Tetrabiblos”. Así como había una Biblia en la que una cultura estaba fuertemente organizada alrededor de un libro, lo mismo después sucederá cuando venga Lutero, y la Égida de Mahoma también hace una religión del libro, que es el Corán: siempre hay una vuelta muy fuerte a una autoridad que es un libro, que a veces tiene autor con nombre y apellido y otras es Alá, Dios, Yahvé, inspiración o los Profetas, pero, como dicen el dicho cristiano: “Palabra de Dios”. Ciertos autores eran casi Divinos, Claudio Ptolomeo era el Divino que había dado, de una vez por todas, la versión definitiva de qué era el cosmos material que nos rodeaba.

Estamos hablando de Occidente, la Edad Media, donde la práctica de la Astrología era tangencial, donde se la basaba en el libro de Ptolomeo o en algunas traducciones, y en esta época se desarrolla en el mundo árabe. Después, en el siglo XIII gracias a la Escuela de Traductores de Toledo de Alfonso el Sabio empieza este auge, se produce una irrupción de materiales escritos en árabe o hebreo de literatura astrológica antigua en general traducida al persa y del mundo persa, es decir, buena parte de la astrología helenística. La cosmovisión de Occidente fue apostando así cada vez más a una visión mecanicista y racionalista del mundo, estos dos conceptos son incompatibles con “El Timeo” de Platón, que es la obra cosmogónica donde explica cómo se construye el cosmos, de una belleza impresionante, pero si vamos al caso desde el punto de vista de la ciencia moderna es un cuento de hadas (por otro lado bastante difícil de entender). Pero para los neoplatónicos era algo así como el Tetrabiblos para los medievales.

Toda la Astrología helenística que ahora está siendo fervorosamente desenterrada correspondía de alguna manera a la cosmovisión de “El Timeo”, que concebía al cosmos como un gran cuerpo vivo con una gran alma y donde los fenómenos que ocurren en este cuerpo vivo donde hay sí, probablemente, un Dios trascendente pero que está por verse si le interesa ocuparse de nosotros. En general me refiero a la línea de los gnósticos, con un Dios al cual se puede llegar a acceder a través de un camino de ascetismo personal que implica una fuerte dosis de autoconocimiento, el “conócete a ti mismo” del oráculo de Delfos, de Sócrates y de los pitagóricos, y en un cosmos donde las conexiones se dan como las conexiones interiores de un organismo: por correspondencia, afinidad, pertenencia a un organismo vivo y no por una cuestión mecánica, como cuando esta silla golpea a la otra, y si hubiera dado el golpe más fuerte la corre, que es la cosmovisión mecanicista que se desarrolló en Occidente y está bastante germinal, aunque no en estos términos, ya en Aristóteles. El racionalismo y en ciertas formas el “materialismo” no son nada afines a esta idea un poco mística y mágica que describo de cosmovisión tan característica de la época helenística. Por ello la Astrología fue cayendo en descrédito.

En el año 1666, en lo que era el referente intelectual principal de Europa, la Academia de París, el Ministro francés Colbert destierra a la Astrología de las Universidades y en el decreto dice “por considerarla una vieja loca”, es decir, un saber antiguo (vieja) e irracional (loca), incluida una perspectiva patriarcal machista (“loca”, femenina). En la cultura de ese momento, donde está empezando el Iluminismo, después tenemos el Positivismo, el Materialismo y luego la cultura de masas, todas ellas son cada vez más ajenas a esta percepción ecológico-mística y al mismo tiempo intelectual de la realidad. Por ello, en el siglo XVIII la Astrología decayó, ya no había casi astrólogos y los que había no aportaron nada valioso a este saber, lo mismo ocurrió al comenzar el siglo XIX. Con el auge del Romanticismo y su gusto por lo mágico, los castillos góticos, etc., lo irracional que era algo muy fuerte en el componente ideológico y programático político del Romanticismo, empezó a haber interés en lo antiguo: el mundo egipcio, el Zodíaco, etc., se comienza a revalorizar y también hay un movimiento filológico muy importante de recupero de textos antiguos donde había también textos astrológicos.

Algunos autores, sobre todo en la segunda parte del siglo XIX como Neugebauer, Bouché Leclerq, Cummont, algunos de ellos todavía hoy se pueden leer, fueron compilando, traduciendo y difundiendo el saber astrológico de la época helenística a su manera: estamos hablando de pensadores del siglo XIX en pleno positivismo, donde consideraban a la Astrología como una estupidez o como un error histórico. Entonces, cuando traducían no sólo traducían desde la descalificación apriorística sino, generalmente, desde un desconocimiento terminológico escandaloso, por lo cual, sus traducciones en gran medida eran un mamarracho en términos de traducción. Pero pese a todo generaron interés y, paralelamente, gracias al Romanticismo renace para Occidente la Astrología para quedarse en el contexto de ciertas culturas o grupos más o menos místicos que se llamaban a sí mismos esotéricos: más específicamente la Teosofía en Londres. Y a medida que se empieza a desarrollar la Astrología a principios del siglo XX, muchos astrólogos tratan de ver cuál es el estatuto más científico según la noción de ciencia de ese momento, una noción potentemente positivista, que hoy está puesta seriamente en duda, si bien sigue habiendo cierto contacto con la de los antiguos, pero muy poco porque todavía no hay una difusión tan importante de la Astrología; al mismo tiempo la Astrología es basura, es decir, la de los medios masivos de comunicación.

A mediados del siglo XX, en la década del 50, un grupo de intelectuales: un irlandés, Cyril Fagan, y el norteamericano Ronald Bradley, con el seudónimo Garth Allen, empiezan a hacer una empecinada defensa de que la Astrología nació en Egipto y empezaron a desarrollar la idea de que los astrólogos occidentales habían equivocado las técnicas al usar el Zodíaco que solemos usar, el de la fechas, que se corresponde con cierta realidad astronómica y tiene que ver con los movimientos de la Tierra, es decir, el Zodíaco que coincide con las estaciones del año que llamamos Zodíaco Trópico, y postulaban que el Zodíaco verdadero estaba con las estrellitas de las constelaciones que le dan el nombre a los signos, o sea que la Astrología era Sidérea. Y que, al fin y al cabo, en la época helenística, que es cuando nace la Astrología, había una coincidencia exacta entre las constelaciones y aquello que llamamos los signos del Zodíaco que se corresponden en cierto modo con las estaciones, pero esa correspondencia en 26.000 años se va disociando y vuelve a aparecer cada 26.000 años por un movimiento particular del eje terrestre llamado Presesión de los Equinoccios. Este hombre que se había casado con una mujer muy adinerada que luego murió y él con esta gran fortuna se dedicó a hacer grandes trabajos arqueológicos en Egipto y Mesopotamia de desentierro y recupero y traducción de material, pero ahora con perspectiva de astrólogo, fue llevando a un conocimiento de técnicas de la Antigüedad no sólo helenísticas sino también caldeas, y egipcias.

Esto fomentó un desarrollo de la Astrología muy interesante en la década del 70, de corte histórico-cientificista. También hubo un militar y filólogo español, Demetrio Santos Santos, que se dedicó a tratar de desenterrar lo antiguo, pero hasta hace veinte años la Astrología antigua no estaba de moda, el interesarse por la astrología antigua era algo raro que hacían algunos tipos raros en la comunidad, y en el mundo académico tampoco había interés. Pero surgió luego un movimiento que algunos han asociado con el milenarismo, esta idea de los fines de ciclo: al terminar cada siglo o el milenio hay una especie de mirada hacia atrás porque está la sensación de que adelante no hay nada porque se completó un ciclo.

Empezó a haber interés porque hubo una gran difusión de la Astrología en general sobre todo a partir de la década del 70, una especie de moda, y como en toda moda se difunden muchas veces cosas de no tan buena calidad, entonces al no haber un avance tan impactante en términos científicos como prometía (por las cualidades inherentes a la moda) la década del 60 y 70, donde se hicieron grandes validaciones estadísticas del saber astrológico tradicional. Empezó a haber así una mirada hacia atrás, sobre todo porque la Astrología moderna tuvo un fuerte cuño psicologista, porque nació en la Sociedad Teosófica y en ciertos contextos espiritualistas y hablaba más del alma que de la materia, por lo que después se desarrolló con un lenguaje que se acercaba mucho al auge de la psicología freudiana y junguiana. Apuntando ya a descripciones caracterológicas y no tanto a la predicción dejaba de parecer una ciencia en el sentido riguroso de la palabra: “predecir algo que pueda ocurrir o no”. En términos de cierta filosofía de la ciencia, algo que sea “falsable”: si determino que la persona tiene cinco hijos acerté o no, pero, si digo que la persona tiene profundos conflictos internos… ¡quién no! ¿y cómo mido eso?

La Astrología de la antigüedad tendía a hacer afirmaciones de esta índole, y también interesó por esta cualidad, por lo que de los textos antiguos que se empezaron a desenterrar y a aplicar con muchos de sus contenidos expuestos a verificaciones estadísticas rigurosas eran, justamente, aquellas cosas que se rescataban de la antigüedad las que funcionaban mejor en términos de una comprobación estadística científica, no pudiendo explicar por qué funcionaban pero sí que funcionaban. Digo esto porque la gran objeción de la ciencia moderna a la Astrología -todavía hoy- es que no podemos explicar por qué funciona, entonces la determinan como “no-ciencia”, porque no tiene explicación causal de cómo se da el fenómeno. Pretenden que se le aplique a la Astrología un modelo que no es natural a ella, un modelo mecanicista y racionalista. Las explicaciones que se pueden dar pasan por la poesía, por la semiótica o la religión, necesita un principio trascendente que explica correlaciones significativas: quizás en algún momento se pueda mostrar una síntesis entre lo que la Astrología muestra históricamente y la ciencia moderna aunque, muy probablemente, la ciencia moderna va a tener que cambiar para aceptar que la Astrología funciona y además para poder explicarla. Hasta entonces hay una contienda que de a poco, en estos últimos años, está teniendo una nueva instancia gracias al Renacimiento de la Astrología Helenística.

Muchos académicos, filólogos, historiadores de la ciencia, astrólogos con acreditación académica, etc., continuando con una línea de traductores, están rescatando todo el saber astrológico de la antigüedad, incluido el hispanoparlante en la Escuela de Traductores de Sirventa en España y continuando la tarea de Demetrio Santos Santos y además remedando la tarea de los “tres Robertos” -que no son los únicos pero sí muy representativos de un movimiento que comenzó hace 15 o 20 años- que se dedicaron a recaudar fondos -miles de dólares- para sus investigaciones, porque ya que esta Astrología funciona en términos predictivos hay empresarios y gobiernos interesados en financiar estos proyectos. El proyecto se llama “Hindsight” -mirada hacia atrás- llevando a cabo la tarea de recuperar, transcribir, traducir e interpretar todo lo que haya sido escrito sobre Astrología y que esté recuperable. Todavía hay un porcentaje y un volumen impresionante de textos que no han sido llevados a idiomas modernos u otros que han sido mal traducidos por haber sido traducidos sin un mínimo conocimiento acerca de lo que se traducía o con predisposición descalificatoria. El grupo realiza una revisión de la cosmovisión de esa época y dentro de la comunidad astrológica están apareciendo una gran cantidad de técnicas nuevas que no sólo se las ve funcionar muy bien sino que aparte poseen correlatos y validación estadística.

Los “tres Robertos” son: Robert Smith, un filólogo con un altísimo manejo del griego helenístico y que es especialista en Astrología escrita en griego, Robert Zoller, especializado en Astrología medieval escrita en latín y árabe, y Robert Hand -estadounidense-, es un astrólogo que ha hecho mucho por la difusión de la Astrología y la coordinación de los astrólogos de la modernidad, un gran investigador que en este proyecto que, además de doctorarse en estudios medievalistas, se ocupó de la logística y el marketing, recibiendo premios y financiaciones que abrieron un camino que se continúa desarrollando no sólo gracias a ellos sino también a distintas universidades o por medio de estudiosos individuales.

En la medida en que continúe este proceso de recuperar todo el conjunto de lo que quede del conocimiento astrológico de esa época quizás se puedan entender varias cosas: cómo eran y pensaban en esa época no sólo los astrólogos sino, a través de los astrólogos, la gente, los pensadores, intelectuales y científicos; cómo era exactamente la ciencia en ese momento, que es algo que todavía no se sabe bien y siempre quedan cuestiones por descubrir; qué conocimientos astrológicos quizás genuinos y que pueden cambiar la fisonomía no solo de la Astrología sino también a la comunidad científica desde el punto de vista de la historia de la ciencia. Pero lo más importante es cuánto puede llegar quizás este volumen de conocimiento aportar sobre culturas que no eran “del libro” sino que más bien despreciaban el libro porque privilegiaban la transmisión oral, esotérica, no escrita, no abierta, no explicitada sino secreta y mistérica. Entender cómo era su cosmovisión, porque quizás en ella se encuentre -como ha pasado en estas últimas décadas a partir de Fritjof Capra, el autor de “El Tao de la Física”, Pauli, Heisenberg (todos ellos físicos de la física atómica y quántica), que para comprender cabalmente y explicar muchos descubrimientos de la física quántica y subatómica debieron recurrir a modelos no newtonianos (ni el de Einstein servía), sino modelos que están verbalizados y explicitados en los Upanishad, el Tao Te King, es decir, en los grandes textos esotéricos y religiosos de la India, de extremo Oriente y de lo que más o menos queda -porque quedó poco- de la Antigua Grecia presocrática.

Todo esto va apareciendo de modo fragmentario en los textos de Astrología helenística que están siendo descubiertos, reprocesados, sacados a luz y puede llegar a ocurrir que, algo que aparentemente parezca tan de museos, de interés de académicos, de los autodenominados astrólogos o de investigadores universitarios de tipo filológico-histórico, puede ser que no sea privativo de estos grupos que describo sino que quizás llegue a cambiar realmente los fundamentos de nuestra cosmovisión, porque nos permitirían entender por qué ciertos sistemas funcionaban en un contexto cosmológico e ideológico en una época importante y muy culta como la época helenística y que de alguna manera por la barbarie o ciertos caminos tomados por Occidente se fueron perdiendo la sensibilidad y la valoración de esta forma de ver el mundo al punto de quedar sepultada.

En este momento -los últimos 15 años- está siendo resucitada, sacada a la luz y está entusiasmando a intelectuales, académicos, astrólogos y no astrólogos porque parece estar abriendo horizontes muy importantes respecto a la explicación de por qué el mundo es como es y por qué las cosas funcionan como funcionan, más allá de los gustos y los berrinches y las técnicas de los astrólogos. Es decir, había una concepción del mundo en la época helenística muy compleja, sofisticada, no unitaria que incluía prácticas que hemos perdido porque eran esotéricas y no quedaron plasmadas por escrito y luego Occidente de un modo muy accidentado fue recorriendo cierto camino que lo llevó a ciertos resultados que incluyen tanto a Internet como a la bomba atómica y las curas prodigiosas de medicinas de avanzada, pero también ha incluido una fuerte disociación de aquello que llamamos en cierto modo la realidad espiritual y la realidad material cotidiana, laica, civil.

Quizás en estas señales, en lo que se pueda ir derivando y de la eficacia de lo que muestre y lo que está por ser mostrado de la Astrología helenística que está renaciendo como nunca lo hizo podamos encontrar realmente nuevas respuestas al misterio de la existencia en el sentido más científico y al mismo tiempo, como era característicamente helenístico, lo “humanístico”, es decir, una re-unión de algo que hoy aparece por momentos bastante disociado entre ciencia y tecnología por un lado y la unidad humana espiritual por otro. No es pretencioso en términos de expectativa, esperanza o predicción pensar que los aportes que gradualmente vaya haciendo este emprendimiento, en la medida que siga el entusiasmo, puede llegar a ser bastante trascendente desde el punto de vista de la comprensión del ser humano actual, sobre todo en ámbitos de la ciencia, tiene de sí mismo.

Muchas gracias.

Público: ¿Cuál es la concepción de los atomistas? ¿En qué se diferencia con lo astrológico?

Brignone: Diría que en todo. Entre el atomismo simbolizado por Leucipo y el racionalismo aristotélico, en la sumatoria de esto, encontramos una cosmovisión que está en las antípodas de la experiencia astrológica. Una de las virtudes de la época helenística o de lo helénico es la convivencia de distintas percepciones del mundo, que por supuesto no son todas compatibles entre sí, pero es una convivencia democrática donde no se matan por ello. El atomismo de Leucipo es, dentro de las distintas hipótesis del Universo de ese momento, la menos representativa y al mismo tiempo la menos afín al conocimiento astrológico. En todo caso es la más afín a nuestro conocimiento actual de la materia, es afín al nuestro y por eso nos suena tan natural, ya que hablaba de los átomos explicando al mundo como compuesto por partículas muy chiquitas invisibles -en su sumatoria visibles- pero que eran “indivisibles”, que es el sentido de la palabra a- (sin) tomon (cortar). En ese sentido es de una terrible modernidad, pero luego Leucipo con Einstein y Heisenberg quedó atrás, hoy existe la paradoja semántica de que se habla del átomo como un elemento indivisible pero que se lo divide, divide, divide llegando a ecuaciones y signos: quizás como decían los antiguos, el mundo está conformado por signos y no por materia. Quizás, como decían los hindúes, la materia es una ilusión. Es interesante el retome de la ciencia contemporánea del concepto de esta doctrina -entre tantas- de esa hipótesis explicatoria del mundo que ocurría entre los griegos y por ende en la época helenística, y que sirvió como palanca para un desarrollo científico importantísimo tal como el de la “Teoría atómica”, pero, luego la física subatómica empieza a relativizar todo concepto mecanicista y racional -en el sentido convencional de la palabra- de la realidad.

Público: ¿Hay alguna relación entre la Astrología helenística y la de Oriente?

Brignone: Habría que ver a qué llamamos Oriente, la Astrología de la India es en un 85% griega terminológica y metodológicamente. Hay un sustrato en el Sur que fueron las culturas pre-arias -hubo una invasión aria de los indoeuropeos- que poseían ciertas prácticas astrológicas (un zodiaco lunar de 27 o 28 signos) que fue absorbido o combinado por el sistema helenístico que ellos tomaron. En el siglo II o III fueron invadidos por los partos, o sea, el imperio griego en la India duró muy poco pero hubo influencias muy importantes, había colonias griegas. Cuando Ashoka, el gran emperador indio luego de haber matado a media humanidad se arrepintió, se convirtió al Budismo, se volvió pacifista-antibelicista y comenzó la prédica y difusión del budismo (obviamente con componentes políticos imperiales). Las inscripciones de Ashoka, en el siglo IV a C., aparecían en distintas lenguas y en muchos lugares de la India estaban en griego porque tuvo comunidades grecoparlantes. Entonces, la Astrología hindú es Astrología occidental mantenida en el freezer o a baño maría, es decir, se parece infinitamente más a la Astrología helenística que a la nuestra: esto es maravilloso porque es como cuando uno ve en películas como “King Kong” que uno cae en una isla donde hay ciertas especies que teóricamente se extinguieron pero en ese lugar habían quedado como reducidas (también sucede con el griego antiguo, porque hay una serie de pueblitos de Italia donde todavía es el dialecto, un griego que quedó totalmente aislado en el desarrollo general: el “grecánico”, que no es el griego clásico pero se parece mucho más al griego clásico que al moderno). Pasó esto con la India cuando los partos cobran demasiado poder y se cortan los vínculos de interacción cultural entre la India y Occidente en el siglo III y IV, la India -por suerte- deja de ser influenciada por Occidente, que tampoco tenía mucho para dar a nivel astrológico por unos cuantos siglos, y queda la Astrología hindú cerrada sobre sí misma y tal vez por ese carácter ultra conservador típico de los hindúes se conservó mucho más. La Astrología china no tiene nada que ver, sólo que tiene 12 signos representados por animales y que guardan cierto paralelismo con algunos de los animales de nuestro Zodíaco, pero todavía no he encontrado alguien que me explique satisfactoriamente su estructura astronómica, por lo visto tiene una base más numerológica. No se rige por una realidad astronómica tan patente y material, que seduce tanto a nuestra mirada sensible -en un sentido casi peyorativo- que tenemos los occidentales, o sea, ver para creer, que es algo típicamente griego: “la mirada”, como ocurre con la Astrología helenística. La Astrología tibetana es, más o menos, una mezcla entre la china y la hindú en el contexto de la religión y la política de lo que quedó de los tibetanos antes del arrasamiento de la China comunista, y hay ciertos calendarios malasios que son de origen lunar -luego fueron solares-, que es lo natural, ya que cuando el hombre salía a cazar animales, se fijaba si había Luna, a partir de allí contaba los días de la semana y hacía marcas en los instrumentos de caza de los siete días donde se iban dando las fases lunares y que son los primeros documentos históricos o culturales de la humanidad. Ahora sí, muchas gracias por su atención.

Jerónimo Brignone




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