jueves, 9 de julio de 2015

Astrología y Neoplatonismo. Por Pepa Sanchis.







Astrología y neoplatonismo

La astrología no nació de una mente científica en el sentido clásico de la palabra. Esa manera actual de ver la realidad como una suma de pequeñas partículas separables y claramente diferenciadas, metidas cada una en sus propias series causales autónomas, no es la propia de la astrología.  Para la astrología no existe la di-versidad (di = dos), sino un uni-verso (“universus” en latín significa “todos a una”).  La forma de pensamiento de la que nace es el pensamiento mágico tal como lo conoció la humanidad en los albores de su historia.  Sí, he dicho “mágico”.  No tengamos miedo a las palabras.

El pensamiento mágico tiene dos leyes fundamentales según el antropólogo Frazer (“La rama dorada”).  Cito textualmente al autor:
1- Ley de semejanza: “Si analizamos los principios del pensamiento sobre los que se funda la magia, sin duda encontraremos que se resuelven en dos: primero, que lo semejante produce lo semejante o que los efectos semejan a sus causas”.
2-Ley de contacto: “y segundo, que las cosas que una vez estuvieron en contacto se actúan recíprocamente a distancia, aún después de haber sido cortado todo contacto físico”. Para el hombre primitivo, todo es uno y todo se tiene.  Si nos fijamos en esta segunda ley y volvemos a leer después el experimento de Alain Aspect ya citado, se puede comprender que aquellos a los que Frazer llama repetidamente “salvajes” tal vez no iban tan desencaminados.
La mente astrológica –con sus analogías- funciona así: lo que se parece experimenta procesos parecidos (ley de semejanza o magia imitativa).  Si el Sol es analógico al corazón, lo que le pase al Sol también le pasará al corazón.  Para lograr esto, no hace falta que parta del primero ningún rayo que actúe sólo sobre el corazón de Juan y no sobre el de Pedro.  Y si esas cosas suceden, si existe ese parecido entre nosotros y los planetas, es porque existe una conexión profunda entre ellos y nosotros (ley de contacto): el origen universal.
 La astrología nace pues de un pensamiento mágico y, puesto que su etapa de formación más importante coincide con el helenismo, está profundamente impregnada de neoplatonismo.  Es toda ella neoplatónica.  Pero, ¿cómo imaginan el universo los neoplatónicos?  Consideran que hay 3 hipóstasis:
-Primero está el Uno, es decir, Dios.  Ese Dios es el origen de todo, pero él sólo ES: no es esto o aquello, sino la esencia en su grado más puro.  Dice Plotino: “Porque el que es absolutamente uno no tiene en qué ejercitar su actividad: estando solo y a solas, se estará completamente quieto. En cuanto actúa, comporta diversidad.  Si no hubiera diversidad, ¿qué haría?  ¿A dónde avanzaría? Y por eso quien actúa, o debe actuar en otro, o debe ser múltiple, caso de que haya de actuar en sí mismo.  Mas si no avanza un paso hacia otro, se estará quieto.  Pero si está quieto en absoluta quietud, no pensará.  Por tanto, el pensante, cuando piensa debe estar en dos”.  Lo que nos viene a decir es que en el Uno no puede existir la diversidad (dejaría de ser uno), ni el movimiento ni el pensamiento.
Es importante entender ese concepto, porque diversidad/movimiento/pensamiento suponen cambio, ya que “cambiar” es pasar de un estado a otro o de una situación a otra.  Por lo tanto, a partir del momento en que uno hace algo, está cambiando, pues hace una cosa que no había hecho antes.  Esto por sí mismo engendra la dualidad, ya que, de todas las cosas que haga, algunas serán mejores y otras peores.  Como mínimo existe la dualidad entre no realizar ese acto y realizarlo  Ahora bien, en cuanto uno entra en la dualidad, entra en el bien y en el mal.  Y en la muerte.  Porque todo lo que puede cambiar es mortal.  La enfermedad no es otra cosa que el cambio de un estado perfecto de equilibrio de todos los humores a uno imperfecto.  La vejez también es cambio.  Y la muerte.  Sólo lo que no cambia no puede morir.
Por lo tanto el “Uno primordial” (el Dios en su sentido absoluto) no puede cambiar: es simplemente esencia.  La esencia más hermosa, absoluta y pura.
-La mente: en cuanto el Uno toma conciencia de sí mismo y se observa, nace la dualidad, pues él es el objeto observado y el observador.  Esa emanación de Dios se convierte entonces en “mente”.  La mente es la primera emanación de Dios, pero, si bien es algo que surge de él, ya no es ÉL. Igual que del fuego emana el calor, que es algo distinto del fuego original. En ese nivel encontramos la multiplicidad.  Ese Uno que podía ser todas las cosas empieza a reconocer las posibles formas de las cosas, aquello que puede llegar a ser.  Ese es el mundo de los inteligibles (mundo de las ideas) de los que hablan los astrólogos como Morín.  Si el caballo puede llegar a existir, es porque primero existía un inteligible “caballo”.
-La tercera hipóstasis es el alma.  La fuerza está en el Uno, la idea de cómo emplear esa fuerza se halla en la mente (con sus “proyectos” de cosas) y es el alma la que crea el movimiento, dando a la materia la forma imaginada por la mente e insuflando vida y movimiento.  Ahora bien, todo esto es una serie de emanaciones y cada emanación es más débil que la anterior, y menos perfecta. 
Resumamos lo que acabamos de decir a través de la metáfora del fuego tan querida a los neoplatónicos: Imaginemos un fuego que no quemara, sino que diera calor y fuera la fuente de todos los bienes.  Para empezar, no experimentamos el fuego en sí mismo, sino su calor, que no es lo mismo, aunque emane de él.  Por otro lado, cuanto más lejos estemos del fuego, más débil será ese calor, hasta que desaparezca completamente.  Si no hubiera más fuego que ése, el alejamiento de él sería sufrimiento, pues cada vez tendríamos más frío, hasta que llegaríamos a morir.
Bien, pues Dios es algo así como el fuego y de él emana el calor del Bien (Mente y Alma, que ya no son Dios, sino emanaciones suyas: vienen de él, pero no son él).  Ese calor va emanando cada vez más lejos de él (y cada vez más débil) hasta llegar a su límite, cuando ya no se puede expandir más.  Ese punto adonde ya no llega el calor de Dios sería la Materia.  La Materia para los neoplatónicos no es lo mismo que para la física actual: es la ausencia total de Dios.  Lo que nosotros vemos no es realmente la materia pura, pues es una materia que ha recibido una forma y la forma viene de la mente y es aplicada por el alma.  Nosotros vivimos en un mundo aún iluminado por Dios, pero ya muy alejado de él.  Estamos en el límite.  Y en ese límite se halla el dolor.
En efecto, si Dios es todos los bienes, igual que la carencia de calor es el frío, y el frío produce el sufrimiento y la muerte, lo mismo ocurre con todos los bienes: su ausencia es su opuesto y resulta terriblemente dolorosa.  Hay un error muy extendido que consiste en imaginar la ausencia como vacío.  No es así: la ausencia del bien no es el vacío, sino el dolor. Pensemos en el ser que más queremos e intentemos imaginar su pérdida: no hay dolor mayor. Esto es lo que siente el alma atada a la materia.
Así pues, donde se acaba Dios y está su ausencia, entramos en los opuestos.  Lo mismo que la ausencia de calor dio el doloroso frío, la ausencia de inmutabilidad da la mutabilidad (y por ende la enfermedad, la vejez y la muerte, pues todo debe rodar y cambiar), la ausencia de armonía da la fealdad (pues la fealdad no es más que falta de armonía) etc.

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El hombre es materia iluminada por Dios y animada por el alma, que ha entrado en él, dando forma y pensamiento a esa materia.  El alma es, como ya hemos dicho, una emanación de Dios.  Puesto que viene del mundo de lo inmutable y se asienta en una forma mutable, para experimentar esa vida tiene que tener sensación (algo impropio del alma por sí misma).  La sensación la adquiere en su bajada desde lo alto, pasando a través de la armadura planetaria, escalón a escalón.  La primera determinación será Saturno (la muerte) y se irá bajando por las esferas planetarias hasta la Luna (el planeta más sensible y mutable).  En ese descenso el alma va adquiriendo la “personalidad”, que es un conjunto de pensamientos, emociones, patrones de comportamiento, determinaciones etc., que es lo que refleja la carta astral. La personalidad es por lo tanto una construcción ajena al alma y circunstancial: no es nuestro verdadero yo, sino una suma de patrones de comportamientos para adaptarse a la vida en la materia. Es lo que los gnósticos llaman “agregados psicológicos”. A partir de allí, el alma ya puede encarnar en un cuerpo.  Este camino de bajada lo puede recorrer luego en sentido inverso, para regresar al mundo de los Dioses (como vemos en el dibujo de arriba).  Entonces tendrá que volver a pasar por las esferas planetarias, liberándose en cada una de ellas de una de las determinaciones y patrones de comportamiento que había adquirido en el descenso.
Uno puede preguntarse por qué se da todo este proceso y la respuesta sería que por amor.  “Amor” en el sentido platónico de la palabra, es decir, la fuerza de atracción.  Es un inmenso movimiento de amor de la mente universal hacia la materia, a la que reparte sus dones.  Este concepto de amor incluye por lo tanto desde la ley de la gravedad (fuerza de atracción hacia el planeta), los átomos (fuerza de atracción entre protón y electrones), las células, el sistema solar, la sexualidad entre los seres vivos etc.  Para un neoplatónico el amor entre dos seres humanos sería la misma energía que la que hace existir el sistema solar: la atracción.
El mal para ellos no es más que la ausencia del Bien (terriblemente dolorosa) y los errores que comete el alma perdida en el mundo de la materia.  Decía Goethe que todo hombre busca la felicidad, incluso el que se va a ahorcar, y eso es cierto: todas las maldades que cometemos las hacemos porque creemos que de alguna manera así estaremos mejor o seremos más felices (ver Salustio).
Evidentemente, el mal tampoco es nunca un castigo de ese Dios neoplatónico, no sólo porque no puede castigar (su esencia es emanar y que cada cual tome de él lo que pueda), sino porque la idea de dañar es contraria a su esencia.  El mal existe en la materia por la falta de perfección.  Es lo que hay aquí y punto.
Y, obviamente, contrariamente a lo que nos dicen las religiones, la sexualidad por amor no es pecado (ni la heterosexual ni la homosexual), porque es una manifestación más de la ley de atracción que rige el universo.  Tampoco lo es la blasfemia, como muy bien explicaba Jámblico (“Los misterios de Egipto”).  Blasfemar es alejarse de la energía divina, así que nunca puede dañar a Dios (lo superior no puede ser influido por lo inferior), sino sólo al ser humano que lo hace.  No es algo que merezca castigo, sino compasión, pues indica un gran alejamiento del alma de su origen.  Como vemos, el neoplatonismo tiene un concepto del mundo muy distinto del que nos han enseñado la mayoría de las religiones.
Pero todo esto tiene varias implicaciones en el terreno de la astrología:
-Si vivimos en el mundo de la materia iluminada por Dios y a la que el alma ha dado forma, el mundo de las causas no está aquí abajo, sino arriba.  Y cuando digo “arriba”, es más alto que las esferas planetarias.  Si nuestra vida es un proyecto preexistente, la situación de los planetas a la hora de nuestro nacimiento sólo muestran ese proyecto, no lo crean.
-Nuestro nacimiento no es el fruto del azar ni su hora es el producto de la casualidad.  El proyecto “Pedro” existía antes de nacer, como he dicho antes.  El hecho de que nuestra hora de nacimiento no es casual se demuestra fácilmente: cuando nacemos, todos los dados están echados.  Todos los tránsitos, progresiones y direcciones están ya allí.  Y gracias a éstos sabremos no sólo lo que nos va a ocurrir a nosotros, sino a todos nuestros allegados: padres, hermanos, parejas, hijos, amigos etc.  Si nuestra hora de nacimiento fuera casual, ¿cómo podría estar sincronizada con la de tanta gente?  Y si no es casual, ¿quién ha decidido que así sea?
-Si el mundo de las causas está arriba, el astrólogo sólo puede usar la astrología para mejorar su vida, no para cambiarla.  Puede aprender a adaptarse al universo y a sus energías, fluyendo con ellas, pero no puede alterar ningún destino, salvo que esté autorizado para ello.  Pues no tiene poder sobre el nivel de las causas.  Para entrar en el mundo de las causas debería ser un Dios o parecido a un Dios.
 -Una persona sólo puede cambiar su destino si llega a un nivel espiritual muy elevado, pues entonces está en conexión más directa con el alma y el mundo de las causas.  Si está en contacto estrecho con el alma, se halla por encima de la materia y ya no está sujeto a sus leyes.  Entonces, no es que cambie su destino, es que ya no tiene destino.
Voy a poner un ejemplo sobre la imposibilidad de cambiar el destino: una madre pidió a un grupo de astrólogos que le ayudaran a elegir la fecha de nacimiento de su hijo (tenía que nacer por cesárea).  El médico había delimitado un plazo entre el 15 y el 30 de mayo.  La madre se inclinaba por el 26 de mayo, pero quería tener la opinión de los demás.  Los astrólogos eligieron la fecha más adecuada, pero tenían claras varias cosas:
  • Esa elección era imposible.  Si un astrólogo pudiera elegir una fecha de nacimiento, la astrología sería una ciencia falsa.  Puesto que la carta de toda persona está sincronizada con la de todos aquellos con los que se cruzará en su vida, eso significa que sólo puede nacer en el momento en el que estaba determinado a nacer.  El astrólogo (o el médico) puede creer que ha elegido el día y la hora, pero si el niño nace ese día, es porque le tocaba.
  • Toda la familia tenía una fuerte impronta de Luna con Marte y Saturno: los 4 abuelos, los padres y los dos hermanos.  Eso significaba que el niño iba a nacer con una Luna afectada por Marte y Saturno.
Y así ocurrió: los astrólogos eligieron la mejor fecha, intentando evitar el destino adverso de esa familia (Luna-Marte-Saturno), pero el niño nació el día que le tocaba, con una pésima Luna marcial-saturnina. 
Evidentemente, uno se preguntará entonces para qué sirve la astrología, si el conocer el destino no permite evitarlo.  Pues sirve para fluir mejor con el universo: uno no puede cambiar las grandes líneas de su destino, pero sí mejorar su día a día.  Puede hacer que lo bueno sea mejor y que lo malo sea una fuente de aprendizaje.  Es como una partida de cartas: te han dado una mano y con ésta te las tienes que arreglar, pero puedes desarrollar tus propias estrategias de juego para sacarles mejor partido.
Por otro lado, la visión de Dios de los neoplatónicos como una energía primordial de la que todo emana también nos puede incitar a mejorar nosotros mismos para regresar a esa fuente de energía.  La astrología te sirve entonces de test para observar si has evolucionado estudiando cómo reaccionas a las energías adversas puntuales.  Una persona no avezada en astrología reaccionará, por ejemplo, cabreándose en un mal tránsito de Marte.  En cambio, si entiende esas energías, observará cómo nace en él la cólera (Marte), pero evitará alimentarla e, incluso, invertirá ese exceso de energía en actividades prácticas, como el deporte, limpiar cosas o arreglar armarios (actividades físicas relacionadas con Marte).
Entonces la astrología nos servirá para despertar y ver en nosotros mismos la actuación de las fuerzas universales, aprendiendo a aceptarlas y a amarlas.  Esto se puede hacer sin astrología, pero con ella aumenta nuestra comprensión profunda de los mecanismos universales: favorece la conexión mental con el mundo de las causas.



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