miércoles, 14 de octubre de 2015

Planetas versus osciladores. Por José Luís Pascual Blázquez.









PLANETAS VERSUS OSCILADORES : PORQUÉ ESTUDIAMOS

EL INFLUJO PLANETARIO EN LA PREDICCIÓN DEL TIEMPO A LARGO PLAZO



La Astrología en los tiempos que corren


Parece una osadía atreverse en la actualidad a emitir pronósticos del tiempo a largo plazo resucitando un cadáver hace siglos enterrado como es el de la Astrología. ¿Será su fantasma el que ahora revive asustando a las preclaras mentes que aceptan a pies juntillas las verdades absolutas del pomposamente llamado método científico? A decir verdad, los viejos y arbitrarios dogmas de la religión -o mejor dicho, de las diversas Iglesias-, impuestos siempre desde el poder y el control sobre los individuos, parecen haber sido cambiados por los nuevos y flamantes dogmas de la ciencia moderna.

¿Será necesario recordar aquí que lo que habitualmente se admite como verdadero o cierto no es más que un consenso entre personas sobre un determinado asunto? ¿Que en el seno de la propia comunidad científica siempre ha existido el debate y que, al igual que dentro de un partido político o en cualquier grupo humano civilizado, triunfan las ideas o los modelos tras la confrontación, tras la lucha? ¿Y que es precisamente de ella de donde surge el avance de la humanidad, aunque a veces nos toque pasar por inviernos y períodos de oscuridad? En la actualidad hay consenso social en torno de un determinado modelo científico, como en el pasado lo hubo sobre otros, y en el futuro lo habrá otros.

En las viejas tierras del Creciente Fértil (Sumer, Mesopotamia, Babilonia, Caldea), un lugar privilegiado para la observación del cielo, surgieron las primeras ideas acerca de las correlaciones entre el movimiento de las astros y los sucesos terrestres. En el conocimiento científico, la primera etapa es siempre la de observación. Las elaboraciones abstractas de modelos y teorías para interpretar los hechos vienen después. Allí, en Oriente, surgió también por primera vez la escritura, el sistema de numeración de posición de base duodecimal (que seguimos utilizando y ha sido clave en el desarrollo de las Matemáticas en Occidente), la Geometría, la Aritmética, la Música (entendida como Acústica o Física del sonido), etc.

Aquella ciencia de la Antigüedad -recordar la devoción de los clásicos griegos y latinos por todo lo relacionado con lo oriental y el respeto con que hablaban de aquellas culturas superiores- se asentaba sobre un pilar fundamental: la constatación de que todo lo que sucede en la Tierra tiene por origen el giro de los cielos, la creencia en la existencia de una verdadera Geometría Celeste que es la verdadera gobernadora de los asuntos mundanos. Los antiguos no dudaban de que lo superior, el macrocosmos -el cielo y su giro en torno de un eje, activo- son causa de los efectos en lo inferior, en el microcosmos -la Tierra y todo lo material como sujetos pasivos-.

Esta idea se entremezclaba con aspectos religiosos y mitológicos en una mixtura difícil de aprehender en la actualidad para la mentalidad moderna. Devoción hacia los dioses y conocimiento de la realidad física se confundían sin solución de continuidad, como puede verse en Platón, Aristóteles y en buena parte de los autores hasta hace pocos siglos.

En la iconografía podemos ver a Dios representado con su escuadra y su compás simbolizando al arquitecto del universo; en el cristianismo y en el judaísmo acompañado de sus ángeles o seres intermediarios entre la voluntad del Dios único y los hombres (regentes de las esferas planetarias del paganismo). La idea alcanza al mismo Newton en el siglo XVII, uno de los creadores de la Física moderna, quien reconocía haber escrito su Tratado de Filosofía Natural no para hacer avanzar el conocimiento -que sería la motivación actual- sino para que los hombres pudieran comprender la grandeza con la que Dios hizo el universo.

Con la recuperación de la Astrometeorología volvemos a la visión del pasado, pero desde la perspectiva del siglo XXI. Al abrir los viejos manuales medievales e incluso más antiguos -fieles repeticiones de la Astrología griega, y por tanto Caldea- no podemos verlos con los ojos de sus autores, ni con los de sus discípulos directos.

No ha llovido en balde ni pasado el tiempo sin dejar su huella.

Pero de ahí a considerar a la Astrología en bloque -y con ella a toda la ciencia antigua- como un sueño visionario y a los hombres que la estudiaron un hatajo de pícaros o de creyentes supersticiosos como hacen algunos -recordar el manifiesto de los científicos españoles contra la Astrología en 1990 y de los norteamericanos en 1975- media un abismo. Por su parte, en la otra orilla del poder, la Iglesia romana condenó la creencia en horóscopos en su último Catecismo y los cristianos que caigan en ella incurren nada menos que en pecado mortal, condenándose ellos solos en el fuego del Infierno para toda la eternidad(!).

Podemos comprender a los que se oponen radicalmente a la creencia en esos pseudohoróscopos de revista o de periódico que no por casualidad vienen en la sección de pasatiempos. Desde aquí condenamos con idéntica firmeza a cuantos sacamuelas y buscavidas viven del cuento engañando a sus fieles creyentes o sacando el dinero a los que ya de por sí se hallan en apuros y sólo necesiten el último empujón de un desaprensivo para acabar en la desesperación.

Afortunadamente, la Historia de la Ciencia ha eclosionado en el siglo XX como nueva disciplina científica, y con ello la de la Astronomía y la de la Astrología -que, como la propia bibliografía nos enseña, en la mayor parte de autores no se distingue una de otra hasta el siglo XVII-. Hoy disponemos de abundantes obras y estudios sobre la Astrología y cada año que pasa el panorama no deja de aclararse en contra de quienes alegremente descalifican en un acto de supina ignorancia a una ciencia que ha sido pieza básica -y lo será en un futuro- en el desarrollo de la humanidad como tal. Los viejos autores y sus obras antiguas vuelven a reeditarse y los estudios sobre ellos hace años que se estudian de nuevo en la Universidad española (Málaga, Zaragoza, Murcia, Barcelona, Madrid, etc.) y europea (Italia, Alemania, Francia, etc.).

Algunos, desde su pedestal de directores de tal o cual institución oficial -léase el director del Planetario de Pamplona o el de la Ciudad de las Ciencias y las Artes de Valencia- se han permitido el lujo en el primer caso de poner el grito en el cielo cuando en la Universidad de Zaragoza ha sido impartido en el curso 2000-2001 un crédito de Astrología para incluir en el currículum de los alumnos que lo eligieron (el optativo con mayor número de matrícula, dicho sea de paso, que ha necesitado ampliarse para el curso 2001-2002). El problema surge cuando se critica públicamente ignorando que los profesores de dichos cursos son catedráticos de esa Universidad desde hace muchos años, no unos ignorantes que estudiaron un libro antesdeayer y se pusieron a enseñar a continuación.

En el segundo caso, Manuel Toharia se permitió descalificar en un libelo titulado Astrología, ¿ciencia o superstición? un trabajo donde Demetrio Santos propone un modelo matemático que da cuenta de los hechos observados por la Astrología de todos los tiempos y prevee otros nuevos (Astrología teórica). El Sr. Toharia, pese a ser físico, o no entendió la exposición de ese trabajo o, lo que es peor, y eso es lo que sucedió, sin abrirlo siquiera y no conociendo para nada la trayectoria vital de su autor, escribió lisa y llanamente que ignoraba las leyes de la Física. Trabajo que se ahorró el conocido divulgador, pero lo escrito quedó para la posteridad. No criticamos su juicio en este caso, sino la ausencia del mismo. Partir de conclusiones y no de hipótesis de trabajo es tan ajeno a la Ciencia como a la honestidad, sobre todo cuando hay otras personas de por medio.

Descalificar desde la ignorancia y la poltrona es fácil y cómodo. Pero afortunadamente, el mundo no lo construyen los perezosos mentales ni los florones, sino quienes anónima y humildemente entregan día a día su esfuerzo y dedicación a los demás. En esto se centra nuestra esperanza de que algún día la ciencia de la Astrología será restituida del espolio de que ha sido objeto en los últimos siglos, tanto desde las instituciones académicas como de los mequetrefes que la usurpan en la actualidad.


El modelo cosmológico de la Antigüedad y su reinterpretación a la luz la Física moderna


Todas las obras de Astrología antigua nos hablan de las cualidades elementales de los planetas y signos del Zodíaco con arreglo a la doctrina transmitida por Ptolomeo, que no es otra que la que se atribuye a Aristóteles (y sin duda es muy anterior a él). Es decir, la de los cuatro Elementos (Fuego, Aire, Tierra y Agua), que son a su vez combinaciones de las Cualidades Calor y Humedad. En ese mismo modelo el movimiento de las esferas planetarias (no órbitas, sino el cuerpo del planeta incrustado en una esfera sólida y transparente) excita a través de un medio sutil llamado Éter o Quintaesencia las cuatro esferas elementales de la Tierra, concéntricas con el resto: la más externa e influyente es la del Fuego, después la del Aire (atmósfera), luego la del Agua (océanos y humedad atmosférica) y finalmente la más inerte, la esfera sólida terrestre. El Éter es pues el medio transmisor del influjo planetario (ondas), como el aire lo es del sonido. En el otro extremo, más allá de las estrellas fijas, cada religión sitúa a su Dios único, las almas de los muertos, los santos, las aguas del Génesis bíblico que periódicamente causan el diluvio, etc.




Esquema cosmológico según la tradición aristotélica. De Cronología y reportorio de la razón de los tiempos. Rodrigo Zamorano, Sevilla 1585


Este era el modelo cosmológico antiguo y con arreglo al mismo los astrólogos hacían sus elucubraciones y pronósticos tanto meteorológicos como personales, mundanos, etc. En la actualidad, tanto la doctrina de los Elementos como la cosmología ptolemaica se consideran trasnochados, y nosotros no podemos quedarnos anclados en ellos aferrados a lo que hoy ya son dogmas. Sin embargo, como modelos de interpretación de la realidad que fueron válidos en su momento histórico, contienen aspectos de interés que podemos reconsiderar a la luz de la Física moderna.

La Astronomía actual calcula con gran precisión las órbitas planetarias, de hecho su ocupación principal es describir y predecir el movimiento de los cuerpos celestes. El modelo de Ptolomeo -esferas excéntricas a la Tierra- fue abandonado en un principio hacia la segunda mitad del siglo XVI, no porque se considerase falso (disyuntiva geocentrismo-heliocentrismo), sino porque el de Copérnico -los planetas girando alrededor del Sol- proporcionaba cálculos más cómodos y precisos. Dicho sea de paso, quien se tome la molestia de leer Sobre las revoluciones de Copérnico, comprobará que habla de orbes, de esferas, no rompiendo en este aspecto con el modelo antiguo. No trata para nada de órbitas, concepto de la Astronomía posterior una vez producida la ruptura con el viejo modelo cosmológico de las esferas planetarias y negados sus influjos sobre la Tierra.

Desde el punto de vista de la Mecánica Celeste, el modelo heliocéntrico actualmente en uso es satisfactorio. Pero, ¿y desde el punto de vista influencial, lo es del mismo modo? Pensamos que no, que falta un modelo cosmológico moderno que dé cuenta de los hechos observados por los astrólogos desde hace miles de años. En nuestra opinión, esta es una de las labores pendientes de los físicos y matemáticos en la actualidad.




Oscilación armónica simple: la partícula describe un vaivén continuo entre los extremos D y B (+A y -A, respectivamente).

La distancia al punto de equilibrio, 0, se conoce como elongación, x. De Física II, edebé.




Las ecuaciones del movimiento armónico simple se obtienen por proyección de un movimiento circular uniforme de radio igual a la amplitud de la oscilación correspondiente (similitud con las esferas homocéntricas de Eudoxo).  Hay por tanto una correlación entre ambos. En la figura, proyección del vector velocidad lineal. De Física II, edebé.

Pensemos que en Física atómica, por ejemplo, el concepto de órbita ha sido ampliamente superado en el siglo XX: el modelo de Bohr con los electrones describiendo órbitas en torno del núcleo como pequeños sistemas solares se mostró totalmente inadecuado con el descubrimiento de la dualidad onda-corpúsculo y el Principio de Incertidumbre de Heisemberg. Dejó de hablarse de órbitas para pasar a trabajar con orbitales y niveles de energía. En los modelos atómicos actuales, los electrones se hallan deslocalizados en sus orbitales, y por ejemplo los de la capa de valencia o más externos, que son los responsables de las propiedades químicas de los elementos, según se distribuyan espacialmente de un modo u otro, o se concentren en una zona de la nube electrónica, confieren características químicas (influjos) bien diferentes.

En los átomos no se habla de los electrones como corpúsculos, sino de densidad electrónica, dada la imposibilidad de localizarlos y a la vez dibujar sus trayectorias, describiéndose matemáticamente mediante funciones de onda. En el Sistema Solar, al tratar de los planetas no tenemos que hablar en términos de probabilidades como en el caso de los átomos, pero, ¿es el influjo planetario que recibe la Tierra el mismo según se distribuyan de un modo u otro los planetas alrededor de ella?

Ni la Mecánica Celeste ni la Astrofísica actuales contemplan esta posibilidad. Sin embargo la observación astrológica se dilata en el tiempo a lo largo de milenios y de ella nace la idea de que cuanto sucede en la Tierra tiene alguna relación con una u otra una causa celeste. Pensemos en las larguísimas observaciones realizadas en el Creciente Fértil, donde las matemáticas se desarrollaron precisamente debido a la necesidad de hacer predicciones de fenómenos astronómicos (y astrológicos): como dijimos, allí nació no sólo la escritura, sino el sistema de numeración de posición -imprescindible para el desarrollo de la Ciencia- y el sexagesimal, que seguimos usando obligatoriamente para medir ángulos y tiempos.

La Ciencia actual apenas acaba de nacer -podemos situar sus comienzos en el siglo XVII- y precisamente surge de la negación del postulado básico de la ciencia antigua, que todo fenómeno terrestre lo atribuye a la acción del giro de los cielos sobre la Tierra.

Nosotros pensamos que los planetas girando en torno al Sol se hallan estabilizados en sus niveles de energía más bajos y que su movimiento, y sobre todo su influjo, pueden ser descritos en términos ondulatorios. Desde el punto de vista influencial es correcto tomar a la Tierra como centro del mundo y describir los movimientos celestes con arreglo a esta referencia. El flujo de campos y de energía radiante que llegan a la Tierra -gravitatorio, magnético, luminosa, etc.- no es el mismo según sea la distribución espacial de los planetas alrededor de ella, y esto debe tener su acción bien determinada debido a uno de los hechos claves de la Física: los sistemas oscilantes sólo intercambian energía de modo significativo cuando presentan la misma frecuencia (o armónica, siendo el intercambio máximo en el nivel n=1 o fundamental y disminuyendo rápidamente para valores superiores).

Desde este punto de vista el Zodíaco es un campo ondulatorio, origen de un flujo de energía pulsante en el que se entrecruzan frecuencias muy diversas y que, al incidir sobre la Tierra, entran en resonancia con los diversos sistemas oscilantes conectados a él. En el caso de la Astrometeorología éstos son el sistema océanos-atmósfera-continentes.

En el Zodíaco el armónico 12 viene reforzado por el hecho de producirse 12 reuniones anuales de la Luna con el Sol; a su vez Júpiter (planeta que dada su enormidad juega el papel de un segundo Sol) se reúne una vez al año con el Sol y completa su revolución en aproximadamente 12 años. En el círculo, considerado como onda, la división en 12 partes enteras del mismo nos da el máximo número de múltiplos y divisores, lo cual, desde el punto de vista de los armónicos, reviste una importancia trascendental (un armónico resulta de dividir o multiplicar el círculo-onda en partes enteras del mismo, o igualmente en partes fraccionarias, de modo que al cabo de un número entero de vueltas regresemos al punto exacto de partida). Las frecuencias correspondientes son entonces nf, f/n o a/b.f, siendo f la frecuencia fundamental y a, b y n números naturales.




13 lunas nuevas consecutivas en el círculo zodiacal (12 anuales y fracción), reforzando el armónico 12 alrededor de la Tierra. La Luna es el principal generador de los 12 sectores del Zodíaco

Por eso se divide el círculo en 360° y no en otro valor: nos da partes enteras la división por 2,3,4,5,6,8 y 10. Los aspectos planetarios de la Astrología tienen en parte su origen en esta división. Al igual que en el mundo de los átomos los números naturales juegan un papel fundamental (números cuánticos) también lo hacen en el de las ondas (armónicos de frecuencia ya citados). Nos encontramos ante el telón de fondo de una cuestión cosmológica trascendental, debido precisamente al fenómeno de la resonancia. Por eso los pitagóricos decían que el número es la esencia de todas las cosas, y vemos que el enunciado sigue siendo válido (recordemos a este respecto que el número atómico -número de protones del núcleo de un átomo- define un elemento químico y con ello todas sus propiedades físico-químicas).

Por esta misma vía investigó Kepler en su Harmonices mundi, comparando al igual que los pitagóricos el movimiento de las esferas planetarias con las notas de la escala musical (ondas). Pero no llegó a cuajar su modelo, tal vez por falta del aparato matemático necesario para ello. Había que esperar al nacimiento del Cálculo infinitesimal y diferencial... y aún así seguimos esperando una nueva revolución en este campo de la Ciencia.





La doctrina de la música de las esferas en The manual of Harmonics of Nicomachus the pytagorean (traducción al inglés y comentarios de Flora R. Levin)

Desde el punto de vista de la Astrometeorología hemos de despojarnos de todos los contenidos simbólicos, tanto de los planetas del Sistema Solar como del Zodíaco, habitualmente utilizados en Astrología individual. Para empezar, en nuestras investigaciones solamente tenemos en cuenta los 7 planetas visibles a ojo desnudo. No es que descartemos la acción de Urano, Neptuno y Plutón, ni por supuesto de los asteroides u otros factores, pero en la elaboración de un modelo o esquema de la realidad hay que tomar en consideración el número adecuado de elementos necesarios para describir satisfactoriamente un sistema sin complicarlo innecesariamente ni introducir "ruido de fondo". Nosotros hemos fijado el número de elementos a considerar en los 7 planetas clásicos.


Los fundamentos del modelo planetario ondulatorio


Si de estudiar el clima y sus variaciones cíclicas se trata, hay que empezar obviamente por analizar el papel principal del Sol en el ciclo anual. Esto nadie lo puede discutir. En los plazos largos tenemos la Teoría de Milankovitch, hoy plenamente aceptada, que explica las Eras Geológicas basándose en los movimientos periódicos de la órbita terrestre (distancia al Sol y excentricidad, inclinación del eje, precesión, etc.). Desde el punto de vista influencial, el causante es el Sol y las variaciones de energía que desde el mismo llegan a la Tierra.

Si los únicos elementos del Sistema Solar fuesen la Tierra y el Sol, los ciclos climáticos se repetirían uno tras otro con gran similitud. Esto solamente es una hipótesis de partida, puesto que está por ver qué regularidad y estabilidad tendrían los movimientos terrestres en este modelo tan sencillo. El modelo del átomo de hidrógeno, el más sencillo posible, con tan sólo un protón y un electrón, presenta algunas diferencias con los de los átomos polielectrónicos, como se sabe.

En el modelo astrológico atribuimos la variabilidad de los ciclos climáticos a la complicación del Sistema Solar con los diversos planetas y satélites asociados, de ahí que para la predicción de estas fluctuaciones periódicas estudiemos su movimiento. El principio de partida es, por supuesto, que los factores causantes del clima terrestre se hallan conectados a los elementos planetarios, lo cual, en el caso del Sol, nadie puede poner en duda.

El Sol juega un papel central simbólico y físico, y de hecho su lugar en el Sistema es considerado por los astrólogos del mismo modo: los ciclos de iluminación y caldeamiento condicionan toda la vida terrestre, pero además, astronómicamente, el Sol hace de frontera separadora entre los llamados planetas inferiores (Luna, Mercurio y Venus) y los superiores (Marte, Júpiter y Saturno).

Tenemos que recordar aquí que los sistemas oscilantes sólo acumulan energía cuando entran en resonancia con una excitación externa de su misma frecuencia. Un columpio en movimiento puede llegar a pararse aunque se le apliquen fuertes impulsos (basta hacerlo a contrafase, por ejemplo); pero si cuando está en lo más alto se le van dando pequeños empujones a favor del movimiento con la misma frecuencia que la oscilación del columpio, éste va acumulando la energía recibida y llegará un momento en que dará la vuelta completa, desequilibrándose.




Curva de resonancia para sistemas con alto o bajo amortiguamiento. El máximo se produce para n=1 y disminuye asintóticamente para los sucesivos armónicos, sin anularse del todo.  De Física para la ciencia y la tecnología. Paul A. Tipler. Editorial Reverté, S.A. Barcelona, 2001.

Esta misma causa tiene el origen del influjo planetario sobre sistemas y conjuntos terrestres muy diversos. Algunos científicos del momento actual arguyen en contra de la Astrología (es decir, del influjo cósmico cercano del Sistema Solar) la lejanía de los planetas y la insignificancia del flujo de energía que llega hasta nosotros, prácticamente despreciable. Se ha dicho, por ejemplo -en una muestra de incoherencia con sus propios conocimientos y normas de trabajo habitual- que la incubadora o el calor de la madre cercanos influyen mucho más sobre el recién nacido que todas las estrellas juntas.

Esto, en apariencia tan juicioso y sensato ( tan políticamente correcto en el argot actual), no deja de ser un auténtico disparate cuando se analiza con más calma. Porque el individuo que acaba de nacer es el resultado final de millones de años de evolución en medio de un ambiente cósmico cíclico que se halla grabado en clave química dentro de su propio código genético, que es la causa condicionante del destino del individuo en mayor grado.

No es cuestión de cantidad de influjo, sino de calidad del mismo (frecuencia de oscilación) cuando éste es cíclico (y tal es el influjo planetario). Cualquier manual de Física para bachilleres pone como ejemplo la posibilidad de ruptura de un puente bien construido por un viento no excesivamente fuerte, con tal que sus rachas tengan la misma frecuencia de oscilación (los pulsos se acumulan entonces en el puente hasta rebasar el límite de su resistencia). Los átomos no se rompen a martillazos, ni a cañonazos: es suficiente el impacto de un simple neutrón sobre el núcleo a una determinada velocidad (crítica). Lo mismo vale para excitar sus electrones o los enlaces químicos en las moléculas: basta con iluminarlos mediante una radiación de determinada frecuencia, ni menor ni mayor.

En el caso del sistema complejo atmósfera-océanos-continentes el influjo planetario es mucho más evidente que en individuos o grupos humanos. La atmósfera y la hidrosfera (las capas de Elemento Aire y Agua de los antiguos) llevan también millones de años evolucionando y moviéndose al compás del propio giro de la Tierra, pero también rodeadas de un ambiente cósmico de naturaleza cíclica, así que debemos esperar fenómenos de acoplamiento por resonancia (dicho de otro modo, intercambios de energía).

Los antiguos, basándose sin duda en largas tandas de observaciones astronómicas, establecieron correlaciones entre el movimiento y los ciclos de los astros y los sucesos terrestres. Sin duda la primera constatación tuvo que ver con el clima y el tiempo, dado que es la más fácil de detectar (lluvia y sequía, períodos cálidos y fríos, etc.). A partir de esas correlaciones dividieron los planetas en:

Planetas femeninos: la Luna y Venus.

Planetas masculinos: Marte, Júpiter y Saturno.

Hermafrodita (o según los casos masculino o femenino): Mercurio.

El hombre moderno percibe cierta confusión y hasta llega a sentir rechazo al leer estas denominaciones de los antiguos, los cuales veían y sentían el mundo de manera muy diferente a la nuestra. Desde el punto de vista de la Astrometeorología no hay duda al respecto, tomando como guía el modelo ondulatorio del Sistema Solar:

* Marte, Júpiter y Saturno son de ciclo largo y su paso diario por cada lugar de la Tierra constituye un pulso de energía débil, dada la lentitud de su movimiento (en un sistema oscilante la energía es proporcional a la frecuencia, que en ellos es baja). Los llamaron masculinos puesto que sólo tienen una acción fecundante, no son soporte ni asiento material, sino causas inductoras.

Período sidéreo de Saturno: unos 29 años y medio.

Período sidéreo de Júpiter: 11,86 años.

Período sidéreo de Marte: 1 año y 322 días.

El pulso planetario más débil de todos es el paso de Saturno por cada lugar de la Tierra, dada la lentitud de su movimiento, seguido de Júpiter. Estos dos planetas son los más masivos del Sistema y ocupan una posición central (Júpiter perturba la trayectoria solar por su gran efecto gravitatorio, produciendo auténticos "estribones" planetarios).

Pero en la lentitud de movimiento radica su poder, pues repiten cada día su paso por un mismo lugar del cielo, provocando la acumulación de energía en los sistemas oscilantes ajustados a su misma frecuencia (y los hay numerosos, pues los conjuntos terrestres se han formado en su presencia y por tanto muchos resuenan con ellos, con ciclos compuestos y armónicos de los mismos). De ahí que la literatura astrológica los llame cronocratores, literalmente "gobernadores del tiempo". Junto a Marte, Júpiter y Saturno forman la tríada de planetas soberanos de las obras medievales.

* La Luna y Venus son de ciclo rápido y su paso diario -o su efecto al hacer aspecto a un planeta superior- constituye un pulso breve pero de alta energía -a más frecuencia, más energía- que en general es capaz de desencadenar o liberar toda la energía potencial acumulada por el pulso de los planetas lentos. Fueron llamados femeninos porque materializan hechos, porque dan a luz fenómenos en ciernes, porque actualizan en transformaciones energéticas grandes movimientos de masa (atmósfera, océanos, litosfera), a condición de que los conjuntos resonantes con ellos se hallen en estado crítico.

Período sidéreo de Venus: 224 días y medio.

Período sidéreo de la Luna: 27 días, 7 horas 43 minutos.

Este modo actual de contemplar las cosas permite interpretar muchos pasajes de los antiguos que a primera vista parecen de difícil comprensión, oscuros o dogmáticos, pudiendo constatarse gran número de casos donde los hechos se ajustan a la doctrina astrológica.

* Mercurio no tiene naturaleza propia y adquiere según las doctrinas clásicas las características del signo o del planeta al cual se une, ya sea por conjunción o aspecto. Junto con la Luna y Venus es uno de los tres significadores de la lluvia en los casos de las aberturas de puertas (grandes cambios de tiempo).

Período sidéreo de Mercurio: 88 días.

Veamos la explicación de la naturaleza de Mercurio en términos actuales. En proporción, Mercurio es el planeta con mayor rango de variación en los valores de su velocidad angular (w): desde 1º50´ de avance positivo diario en la conjunción superior a -1º22´ de retroceso diario en la conjunción inferior, pasando por todos los valores intermedios incluyendo 0. Cuando se estaciona su efecto es asimilable al de un planeta soberano (la pérdida del valor de w, aunque no sea grande en valor absoluto, sí lo es en términos relativos) y en los momentos de máxima velocidad angular, especialmente en la conjunción superior, se comporta como planeta femenino, o sea, como desencadenante de hechos si tiene planeta al que transferir su energía. Esta duplicidad de comportamiento da cuenta del calificativo "hermafrodita" que le dieron los antiguos, la cual ya la hacía observar Kepler en 1602 en su obra De los fundamentos más ciertos de la Astrología.

Por tanto, en términos generales, la Luna, Mercurio y Venus (planetas inferiores al Sol) son pulsos de alta frecuencia en relación con los de Marte, Júpiter y Saturno, y por tanto, comparativamente, de alta energía. De ahí su papel de factor desencadenante de los hechos significados por los soberanos, los de acción transformadora más profunda.




Órbitas del Sol, Venus y Marte trazadas respecto a un sistema de coordenadas fijado en la Tierra y vistas desde el Polo Norte celeste. De Fundamental Astronomy, Springer

En efecto, un conjunto o sistema terrestre que ha alcanzado la criticidad (estado óptimo para su transformación, por ejemplo, el agua a 0° está lista para convertirse en líquido o en sólido, pero no por encima ni por debajo de ese valor) acoplado a los osciladores que son los planetas puede iniciar sus cambios al recibir un pulso de alta energía de algún planeta rápido (la Luna, Venus o Mercurio).

El factor w (velocidad angular) es fundamental a la hora de evaluar el influjo planetario. Salvo el Sol y la Luna los demás planetas del Sistema Solar retrogradan, pasando por un máximo, un mínimo (máxima w negativa) y se estacionan (w prácticamente nula) antes de iniciar la retrogradación y al final de la misma antes de volver al movimiento directo.

Dado que el influjo planetario se produce por intercambio de energía en la resonancia y que frecuencia y energía están relacionadas, el efecto de un planeta es función básicamente de w.

Si las órbitas planetarias fuesen circulares y los planetas se movieran sobre ellas con w constante (como en los primeros modelos matemáticos griegos del Sistema Solar de Eudoxo y Calipo), nos hallaríamos ante casos de movimiento armónico simple. En tal supuesto, para un oscilador de este tipo tenemos que su energía (E) es

E = 1/2 KA2, donde K=m w2, A= amplitud de la oscilación, o sea, radio de la órbita planetaria y m su masa.

y por tanto la energía varía cuadráticamente con w.

En el caso de un movimiento armónico simple la gráfica energía-velocidad angular tiene la forma de una parábola. En cuando a la relación entre frecuencia (f) y energía tenemos que w=2.3,14.f y por tanto el tipo de función es similar y su representación gráfica igualmente.

En el caso del movimiento planetario real la relación entre E y w no es tan simple, dado que las órbitas son ligeramente elípticas, pero sobre todo por la variabilidad de w y la notable perturbación que, visto desde la Tierra, presenta el movimiento de un planeta en sus períodos de retrogradación.

Pero desde el punto de vista cualitativo, a efectos de comprender la naturaleza del influjo planetario, estas sencillas ecuaciones son suficientemente ilustrativas. El aspecto cuantitativo forma parte de ese modelo ondulatorio que reclamamos para el Sistema Solar, cuestión ésta mucho más compleja.


La conjunción como origen de las grandes transformaciones. Los aspectos planetarios


Uno de los postulados básicos de la ciencia antigua es el llamado principio de semejanza, por el que lo inferior o terrestre se considera semejante a lo superior o celeste (mundo de los arquetipos), lo grande a lo pequeño, la parte al todo, etc. Esto implica por tanto la unicidad y de hecho hablamos de universo (unidad en la variedad). La ciencia antigua es sintética y no separa las partes, no despieza: en ella la suma de las partes no da el total de un conjunto. En el hombre, por ejemplo, distinguimos las partes física, psíquica, anímica, etc., pero él funciona orgánicamente de modo complejo e integrado: es una unidad indivisible y las partes que él análisis son meramente conceptuales. La ciencia moderna analiza, clasifica, reduce y no considera las cosas, los individuos o los sistemas complejos como una sola entidad, sino como una suma de partes. Es reduccionista y construye modelos abstractos relativamente simples con los que aproximarse a la explicación de los fenómenos.

Si hemos comparado la arquitectura atómica con la del Sistema Solar (tal como hicieron los primeros atomistas a comienzos del siglo XX pero a la inversa) es porque entre una y otra, aparte de la naturaleza de las fuerzas implicadas entre sus componentes, existe cierto grado de analogía, como se comprueba en el tratamiento matemático de unos y del otro. De hecho, una partícula atómica puede describirse -y de hecho así se hace habitualmente- en términos de una onda, pues tiene ese comportamiento dual que tanto sorprendió a la comunidad científica allá por 1920-1930.

En el modelo planetario ondulatorio, el planeta es origen de su propio tren de ondas (armónico n=1 y sucesivos) y en tales términos puede describirse su influjo, aunque a diferencia de las partículas atómicas no haya indeterminación y su trayectoria está perfectamente definida.




Representación de los armónicos 1,2 3 y 4. Todos ellos parten de un mismo origen y luego van divergiendo o convergiendo, presentando máximos, mínimos y ceros en diversos puntos a lo largo del círculo. De Astrología teórica, Demetrio Santos

Los antiguos, a falta de aparato matemático suficiente, no se expresaron en términos de ondas al hablar del influjo planetario, sino de proporciones, de razones geométricas celestes. De ahí su incesante búsqueda comparando las proporciones de las armonías musicales con las relaciones angulares de los planetas. En ello trabajaron igual que los científicos modernos, aplicando los modelos matemáticos de unos sistemas (Acústica) a otros de mayor escala (oscilaciones planetarias).

Uno de los puntos más oscuros de la Astrología es el de los Partes (combinaciones de posiciones de varios planetas con respecto a algún ángulo). El matemático (y astrólogo) Miguel García Ferrández ha demostrado en su trabajo Suite armónica que, a falta de números complejos con los que operar y representar los vectores correspondientes a los parámetros vectoriales de las ondas planetarias, los matemáticos (astrólogos) antiguos se valieron de ciertas recetas aritméticas aparentemente arbitrarias, que en realidad no son otra cosa de sumas de vectores representativos de posiciones planetarias o de ángulos de un horóscopo. En su geometría celeste, también consideraron el aspecto ondulatorio del influjo planetario sobre la Tierra. La llamada música de las esferas es la concreción teórica de sus estudios, que conocemos a través de diversas obras (Armónicas de Ptolomeo, el Manual de los armónicos de Nicómaco de Gerasa y muchos otros).

Aunque no acabamos de comprender suficientemente las teorías antiguas sobre los aspectos planetarios, lo cierto es que en ellas se distingue habitualmente de la conjunción (0º) del resto de aspectos (60º, 90º, 120º, 180º). Menos empleados fueron los de 45º y 72º-144º (Kepler). Como se observa, estas distancias angulares resultan de dividir el círculo en 2,3,4,5,6 y 8 partes iguales. 36 y 30º (división en 10 y 12 partes iguales) los descartaron al no observar efectos constatables (aspectos débiles).

En el modelo ondulatorio, muy superior desde el punto de vista matemático al puramente geométrico de algunas obras antiguas, la conjunción de dos planetas supone la reordenación de todos los armónicos en un punto determinado del espacio (todos parten de ese punto, allí tienen origen ambos trenes de armónicos). Constituye un inicio, un punto de partida, y así podemos verlo en las conjunciones del Sol y de la Luna (lunas nuevas), con las que daban comienzo los meses en las culturas tradicionales (y aún lo son entre los musulmanes, judíos, etc.).

La luna nueva y la luna llena, con sus mareas altas, ilustran el efecto de la conjunción (0° ) y de la oposición (180° ). Si además se producen cerca del eje equinoccial (0° Aries-0° Libra) son mucho más fuertes, y lo mismo cerca del Perigeo. Aquí tenemos un ejemplo claro de la conexión Cielo-Tierra que estamos describiendo: las oscilaciones cíclicas de los mares y océanos se hallan conectadas al influjo gravitatorio de la Luna y del Sol combinados (y de los planetas, por pequeño que éste sea).

El efecto de las mareas oceánicas sólo es el más conocido: este flujo y reflujo tiene su acción pulsante sobre los grandes movimientos de las corrientes oceánicas, en las surgencias de aguas frías o cálidas a la superficie con fenómenos tan vastos e intensos como El Niño o La Niña, los cuales tienen una recurrencia cíclica, como se sabe. Del mismo modo, son una realidad las mareas atmosféricas, al ser el aire mucho más lábil que el agua: el barómetro detecta 0,5 mm Hg al paso de la Luna por el meridiano local en nuestras latitudes (Observatorio del Ebro) y entre 1,5 y 2 mm Hg en el Ecuador.

Pero... ¿por qué incluir a los planetas si sus flujo gravitatorio o de otro tipo es débil o apenas detectable? Ya lo hemos dicho anteriormente: porque esos pulsos tan insignificantes (paso diario por el meridiano local y armónicos de esa onda, por ejemplo, particularmente en los casos de Júpiter y Saturno) tienen carácter acumulativo en los sistemas resonantes conectados al influjo planetario (circulación atmosférica, movimientos de masas de agua en los océanos) y al cabo del tiempo acaban llevándolos a la criticidad, a la transformación drástica.

Ahora bien, si el efecto de la conjunción es fácil de comprender (luna nueva, suma de dos pulsos en un mismo punto del espacio, valor algebraico máximo de la suma de los dos vectores representativos de la posición planetaria), y también la oposición (luna llena, tensión máxima por la misma razón anterior), ¿por qué los antiguos dieron tanta importancia a distancias angulares como 90° si las mareas en los cuartos lunares son tan bajas en comparación con las de las sicigias? ¿O a otras como 120° , 60° , 45° ? ¿Por qué Kepler dio tanta importancia en Astrometeorología a 72° y 144° ?

En la actualidad tenemos dos modelos matemáticos para dar cuenta de y tratar de justificar teóricamente las observaciones de los astrólogos: la Teoría de las Ecuaciones Fundamentales (Demetrio Santos, astrólogo zamorano) y la de la Función de Onda Planetaria (Miguel García Ferrández, astrólogo alicantino). El lector interesado hallará en sus obras la respuesta (Investigaciones sobre Astrología y Astrología Teórica, obras de Demetrio Santos y Suite armónica de Miguel García Ferrández).

Desde el punto de vista de la Astrometeorología nos interesa poner aquí de manifiesto que la Teoría de las Ecuaciones Fundamentales prevee que el aspecto de cuadratura se adelanta a 83° en C1 (cuadratura siniestra) y se retrasa a 277° en C2 (cuadratura diestra) para los armónicos fundamental o de resonancia (n=1) y n=2, los implicados en efectos físicos.

En el caso del ciclo Júpiter-Saturno la observación corrobora esta previsión teórica (en la Península Ibérica inicio del bienio lluvioso 1996-97, temporales de 1936, inundaciones de noviembre de 1945, tormentas devastadoras de agosto 1964, verano frío y lluvioso de 1965, primavera lluviosa de 1976 y culminación de la gravísima sequía al Norte de los Pirineos), julio tormentoso de 1985, tormentas secas de la primavera 1986, etc.).

De confirmarse este efecto nos hallaríamos a las puertas de un hecho histórico: sería la primera vez que una teoría de corte plenamente científico (modelo matemático abstracto) es capaz de prever un hecho real en el entorno de la Astrología. A decir verdad, los antiguos hablaron de la cuadratura corta y los modernos citan casos de huracanes para la heliocéntrica en el caso de Marte con el Sol (que se produce a 82° geocéntricos).

Dado que las cuadraturas de Júpiter con Saturno son significadoras, al decir de la literatura medieval, de comienzos de grandes accidentes, tendremos ocasión de una nueva comprobación a partir del 9 de noviembre del año 2005, cuando estos dos astros se encuentren en nuestros cielos a 82° de distancia angular acompañados de otros planetas trabando interesantísimos aspectos.

La próxima cuadratura de los cronocratores viene cargada de promesas, pues se prolonga en el verano de 2006 orlada nada menos que por Júpiter aspectando a la conjunción de las Infortunas en Leo y con ello se iniciará una nueva y marcada racha climática en todas las zonas del planeta (dispar de un lugar a otro, por supuesto).

Toda ciencia es predictiva y en la previsión de los fenómenos sobre los que centra su atención encuentran la validación definitiva las teorías y modelos que la soportan.

Las teorías son discutibles, pero no los hechos. Aunque a algunas mentalidades les cueste aceptarlo.